Cuéntenos de su personaje en El puesto

Esta es una obra escrita por César 'Pucheros' Betancourt, protagonizada por Edwin Maya y por mí. Estaremos hasta octubre. Es una obra maravillosa, yo interpreto al personaje de Benjamín Molina, un hombre al que le toca entregarle el puesto a otro personaje que se llama Manolo Valencia y se genera una confrontación de generaciones que, está salpicada con escenas de humor y de drama, porque eso es también. Es la historia de un hombre que todavía quiere trabajar pero el sistema ya no lo deja cuando todavía se siente en pleno uso de sus facultades físicas y mentales. Entonces se dan una serie de anécdotas muy bellas, es una obra muy escrita, plagada de lugares maravillosos y con buen humor. Se van a sentir confrontados tanto jóvenes como viejos, los últimos porque van a decir, 'sí, hombre, esto de la jubilación es un lío en un país que además no ha hecho nada por resolver el problema de la postjubilación'. Y los jóvenes se van a ver confrontados con el hecho de que se vuelven adictos al trabajo, los equipos y las cosas, y a veces eso hace que no tengan relaciones familiares ni personales estables. Mucha gente se va a sentir identificada y la va a pasar bien.

¿Se identifica usted con 'Benjamín'?

Claro que sí, yo soy un actor adulto. La ventaja es que los actores tenemos el privilegio de poder seguir trabajando a los 80 si el cuerpo lo permite, porque hay personajes pensados para alguien de esa edad en el teatro y las novelas. Uno siempre tendrá un personaje para uno, pero eso lo confronta a uno mismo también, porque uno dice, ¡miércoles! Pero el drama es más para personas de 40, 40 y pico de años, porque se buscan muchos personajes jóvenes y eso ha incentivado el famoso comercio informal, que está a la orden del día. Por supuesto que uno se siente también confrontado, aunque los actores tenemos esa ventaja que mencionaba.

Pero si hay personajes para todas las edades, ¿por qué muchos actores mayores han hablado en los medios y han asegurado que no tienen trabajo?

Hay varias respuestas, creo. Lo primero es que no hay suficiente trabajo, cuando digo que es un privilegio seguir trabajando a mi edad lo digo entre comillas porque puede que haya 150 actores mayores, pero no hay 150 papeles para personas de 80 años, no es tan sencillo. Hay la posibilidad, pero indudablemente los actores también vivimos ese drama. Otro tema es que, lo veo en algunos colegas, los ataca la depresión de la edad y de que no los llaman. La depresión es muy fuerte, hay amargura. Muchos atacan el medio y dicen que es egoísmo porque ya no les dan trabajo. Eso genera también que la gente prefiera no llamar a ciertos actores porque sienten que podría haber conflictos. Son muchas cosas, a otros les ha pasado que están enfermos, o que no se han cuidado como debían. Y como todo en la edad, la factura llega por los descuidos y excesos del pasado. No nos escapamos de ese drama.

Usted se encuentra en esta obra con un actor de la “nueva escuela”, ¿cómo ha sido el trabajo con él?

Es maravilloso, porque vuelvo a utilizar el lugar común del privilegio; lo tengo no solo en esta obra sino en otros trabajos al trabajar con actores jóvenes muy talentosos. Creo que lo más inteligente que uno debe hacer en estos casos es dejar de lado el discurso de que somos veteranos o 'los clásicos'. Uno es veterano porque la edad lo vuelve veterano, pero ser veterano en conocimientos es algo relativo. Uno tiene que retroalimentarse de los jóvenes, tiene que escuchar a los millenials porque ellos tienen nuevas ideas y formas de hacer las cosas. Creo que en este oficio, el que crea que se las sabe todas, perdió. Hay que escuchar a los que vienen, esa es una nueva forma de inyectarse vida y nueva formación. Hay que saber lo que piensan los pelados' y cómo actúan los jóvenes de hoy. Entonces con Edwin no ha sido diferente, es un muchacho joven que tiene sus propias técnicas, lo mismo el director, Víctor Quesada. Entonces yo he aportado lo mío, pero pensando en que estamos en igualdad de condiciones. Así cómo ellos lo ven a uno, uno tiene que verlos a ellos. Prefiero asumir la actitud del novato y del que aprende.

¿Qué fue lo que más le llamó la atención de este papel cuando recibió el guion?

A mí 'Pucheros' ya me había hablado de la obra, me dijo 'tengo una obra y quiero que vos la hagás, hombre', porque ese es todo paisa, 'la escribí pensando en vos'. Siempre estábamos en mora de hacerlo, y yo siempre quise hacerla desde que leí el guion. Cuando yo la leí me pareció muy bonita y muy para mí, para el momento que vivo. Es como un derecho, o no sé cómo decirlo, de decidir qué papeles hacer y cuáles no hacer. Uno debe tener la inteligencia de escoger para el momento que uno está viviendo. Eso indudablemente es una confrontación con uno mismo porque a veces uno quisiera hacer papeles para actores que tienen diez años menos que uno, es algo que uno tiene que ir aceptando.

Usted mencionaba que le gustan los retos, ¿cuál fue el reto de esta obra?

El reto es que el humor que emana y produce el personaje no es el que estoy acostumbrado a hacer, que es hilarante y hace reír a las personas. Este es un humor negro, doloroso. Creería que el humor aquí lo tiene Edwin, porque los millenials y los gomelos hoy en día son muy divertidos. Primero, como hablan, como se expresan. Todo les importa un pito pero son eficientes, son muy buenos. Hablan tres o cuatro idiomas y eso causa mucho humor (risas), es muy divertido verlo y es divertido ver a este tipo que lo mira y dice, 'mierda, me quedé, me dejó el tiempo'. Las cosas más divertidas salen del personaje de Manolo Valencia, que es Edwin. El reto es mantener un personaje sobrio, que vive el drama, pero que no es trágico. Vive un drama pero no es melodramático. Es un tipo que asume.

¿Qué invitación le hace a quienes no han ido a ver la obra?

Yo creo que le haría la invitación a la gente, primero, porque van a encontrar un texto inteligente, hermoso, pero se van a encontrar con muchas situaciones con las que, estoy absolutamente seguro, se van a identificar. Van a vivir el drama de los dos personajes; no solo hay drama en el que se va, sino también en el que se queda. Van a recibir una lección, en el buen sentido, porque la obra les va a mostrar cosas que seguramente van a tener que enfrentar en algún momento. Se van a divertir pero van a pensar.

 

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