La muchedumbre de fans y periodistas locales y foráneos que se dieron cita en el memorial para honrar al artista en Seúl, así como la lluvia de mensajes de tristeza en redes sociales vertidos por usuarios de medio mundo, han revelado el carácter global que ha alcanzado en la última década el K-Pop.

Junto con los dramas (telenovelas), el K-Pop es la punta de lanza del llamado fenómeno “Hallyu”, que ha extendido la cultura popular contemporánea surcoreana por todo el planeta.

Y en ese sentido, Jonghyun y su grupo SHINee han sido sin duda uno de sus máximos exponentes y funcionado como embajadores del extraordinario avance económico que ha experimentado Corea del Sur en las últimas décadas.

Pero ahora la muerte de Kim Jong-hyun (nombre completo del cantante) ha matizado el brillo que proyecta la industria mediática surcoreana, famosa por la exigencia sobrehumana que impone sobre sus estrellas y a su vez perfecto reflejo de la creciente presión que encaran los jóvenes surcoreanos.

Kim, de solo 27 años, falleció tras inhalar el humo tóxico del “yeontan”, unas briquetas de carbón que en Corea del Sur se emplean en las barbacoas de los restaurantes o en las casas que aún conservan estufas antiguas y que también, tristemente, son uno de los medios más populares para quitarse la vida.

El vocalista principal de SHINee dejó una desgarradora nota de despedida en la que se vislumbraba el esfuerzo sobrehumano que había realizado para alcanzar una fama cuyo peso era incapaz de soportar, y sobre todo reflejaba la profunda depresión que sufría y la nula ayuda médica o psicológica que se le había prestado.

“La industria de la música es muy dura sin importar el país: este mismo año Chester Bennington y Chris Cornell se han ido en circunstancias similares”, explica Jeff Benjamin, editor de la web musical Fuse que lleva años siguiendo la escena del K-Pop.

“Pero da la sensación de que ser alguien normal en la sociedad surcoreana ya es muy duro en términos generales, dada la cultura de enorme presión que existe a nivel educativo y laboral”, añade antes de recordar que Corea del Sur es una de las pocas naciones desarrolladas donde el suicidio ha aumentado en las últimas décadas.

Los últimos datos muestran que tiene la tasa de suicido más alta de la OCDE (30 casos por cada 100.000 habitantes), un índice que se ha triplicado en los últimos 25 años, al compás de los éxitos económicos del país.

El acelerón que llegó tras el fin de las juntas militares y el “crack” financiero de 1997 ha deparado una de las sociedades más competitivas del mundo, donde la presión se ceba además con los más jóvenes: el suicidio es desde hace tiempo la primera causa de muerte entre los surcoreanos de entre 10 y 30 años.

Los llamamientos a mejorar las condiciones en las que trabajan los “idols” del K-Pop tras la muerte de Jonghyun no se han hecho esperar, tanto por parte de miembros de la industria como de sus seguidores.

Una petición iniciada por una fan costarricense en la plataforma Change.org ha logrado reunir en solo cuatro días casi medio millón de firmas reclamando un compromiso de las agencias de representación y del Gobierno surcoreano para garantizar la salud mental de los artistas.

Benjamin por su parte cree que “esta tragedia forzará a muchas compañías, organizaciones e individuos a tratar la problemática de la salud mental” e incluso señala que algunas de las agencias como Fantagio -que lleva grupos como ASTRO o HelloVenus- ya dan prioridad al bienestar psicológico de sus artistas.

Un verdadero cambio en el seno de la industria podría ser un primer paso para empezar a atajar un problema que afecta no solo a los artistas si no a muchos ciudadanos del país asiático y que hasta el día de hoy se ha venido tratando como un tabú.

En esto las cifras son reveladoras: según el último sondeo del Gobierno uno de cada cuatro surcoreanos asegura haber padecido algún desorden mental en su vida, pero solo uno de cada 10 ha buscado ayuda

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