La batalla de Kazán. Como nunca antes en seis años de proceso, la tricolor llegó a un partido que podía acabar el ciclo más exitoso de la historia. José Pékerman lo sabía. Llegó vapuleado, golpeado, criticado por algunas actitudes y decisiones incomprensibles, pero todo eso debía quedar atrás.

La arena estaba lista. Ahí, frente a casi 50.000 personas, se daría dictamen. Más allá de pensar en el fin, los jugadores querían soñar con seguir haciendo historia. Por eso, ninguno podía perderse la cita. Era deber de Pékerman elegir a los once hombres indicados para portar la camiseta azul con vivos naranjas, pero el corazón con los colores patrios.

Ospina adentro. El portero que tantas manos le dio a la Selección, no podía quedar afuera frente a Polonia. Adolorido, por una agresión de Dawid Kownacki a los tres minutos, insistió en estar presente en una gesta heroica, o en lo que sería la despedida gloriosa.

Arias siempre está. A su lado, la pareja de centrales que más ilusiona de cara al futuro hizo la combinación entre pasado y presente de este ciclo. Pékerman le dio la confianza a Davinson Sánchez, el peor contra Japón.

Como un papá, el DT argentino respaldó a su hijo, lo mismo que a Yerry Mina, de un semestre gris en el Barcelona, pero que en la tricolor recupera la alegría, el baile, el swing. Mójica, por izquierda, otro respaldado que debía levantar.

En la mitad de la cancha, los generales de siete soles hicieron presencia. Los galones de Abel Aguilar, James Rodríguez y Juan Guillermo Cuadrado le dijeron a Polonia que en el centro del campo estaba la clave para la victoria. Al lado de los comandantes, dos que se pintan la cara por la tricolor: Wilmar Barrios y Juan Guillermo Quintero.

En el fracaso ante Japón, ellos dos se salvaron, siendo los mejores en cancha. Hoy, mejores rodeados, también tenían que sacar la casta.

Todos comandados por un capitán: Radamel Falcao García.

El enfrentamiento comenzó y Colombia quería ganar la batalla, pero no con violencia, sino con fútbol. Ellos son un grupo que en todos estos años entregaron un mensaje de paz, entregaron alegría al pueblo que tanto la necesitaba. Si esta era la última función, sería con la misma sabrosura de los grandes momentos.

Pero también se necesitaba actitud. Los polacos no salieron a conversar. La fricción fue la partitura que el equipo europeo prefirió interpretar, comandados por Robert Lewandowski, quien en los primeros minutos se echó de enemiga a toda la defensa cafetera.

Colombia no entró en la trampa. Por momentos se sintió afectado, pero tardó diez minutos en hacerse dueño de la pelota y comenzar a avanzar sobre el arco de Wojciech Szczesny. La sociedad Cuadrado-Quintero-James comenzó a funcionar a la perfección.

El que movió los hilos en la primera parte fue el de River. Con el juego corto, distribuyó a derecha o a izquierda, según pidió la jugada.

Juan Guillermo, por derecha, era el revulsivo. Su gambeta fue indescifrable para una defensa polaca tiesa, que no podía contrarrestar el sabor latino.

Párrafo aparte para James. Él es la cara de la Selección. Es él quien tiene que responder en cancha, cuando las papas queman. Sufrió impotencia contra Japón, mirándolo desde el banco y cuando entró, no estuvo en condiciones de exhibir su talento. En Kazán sí. En Kazán, James buscó ser el líder que debe ser. El positivo, el alma del equipo.

Así, a los 40 minutos, cuando el dominio era absoluto, llegó el premio al compromiso. Una jugada en la que participaron Cuadrado, Quintero y James con un pase de revés, encontró en los cielos a Yerry Mina, quien se anticipó a todos y puso el gol que 50 millones de gargantas gritaron a rabiar.

Si era una batalla deportiva, no podía no haber bajas. A la media hora de juego, el físico de Aguilar de decir basta y el turno fue para Mateus Uribe, quien debía graduarse en la tricolor.

Colombia hizo el mejor primer tiempo de lo que se recuerde un mucho tiempo. Quizás, aquel que se realizó en Santiago frente a Brasil, en la Copa América 2015, se asemeje.

Pero había que sufrir. Polonia salió al segundo tiempo decidida a vender caro su orgullo. Lewandowski y compañía comenzaron a prosperar en el terreno, dominando a una tricolor que era reactiva, buscando el segundo gol de contragolpe.

Así llegó el segundo. Juan Fernando Quintero siguió lúcido, moviendo el balón a placer, buscando el hueco. Así, encontró el resquicio y con precisión de billarista, puso mano a mano a Falcao contra el arquero polaco. El ‘Tigre’, con un gol atragantado desde hace cuatro años, se sacó la pena y marcó el segundo.

Polonia se derrumbó. las enormes torres europeas cayeron en su moral y Colombia creció. El fútbol volvió cuando debía y un gol más estaba por llegar. Delicioso pase de James a Cuadrado y este marcó como lo hace en la Juventus.

Día inolvidable de la tricolor. Al sonido del “ole, ole, ole”, Colombia firmó su mejor presentación en seis años. Amenazada, al filo de la cornisa, los jugadores estiraron la leyenda y le dedicaron a Pékerman, al que quieren como un padre, la victoria en su momento más sensible.

Como en Barranquilla muchas veces, como en Santiago una vez. Como en Bélgica en un amistoso, como en París hace poco. Como en Belo Horizonte, en Brasilia, en Cuiabá o en  Maracaná hace cuatro años, ahora se le suma el episodio de Kazán. Viene una final más, será en Samara ante Senegal. Se podrá ganar, se podrá perder, pero algo no va a cambiar: estos jugadores dejarán la piel por la camiseta. La leyenda continúa.

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