Raro esto de habitar un país con más vocación de paradoja que de país. Una tierra preocupada por penalizar el cannabis, dado que “envenena a nuestra juventud”, pero permisiva con asbestos, glifosatos, nicotinas, alcoholes y azúcares. Una nación según cuya trastocada escala de prioridades y valores los tatuajes han terminado degradados a emblemas de vagabundería, mientras que la tortura y la eliminación recreativa de toros son elevadas al rótulo de tradiciones. Un latifundio desigual regido por una institucionalidad más obsesionada con reprimir libertades y obstaculizar derechos, que con suspender minerías y depredaciones.

Lamentable aquello de ser ciudadanos de un proyecto nacional resuelto a perpetuar a sus verdugos hasta la eternidad y de reelegir a la misma estirpe de antaño, en virtud de pánicos infundidos y de enemigos creados. De poblar un entorno resuelto a autopisotear patrimonios y a “avanzar hacia atrás”. De engrosar los índices poblacionales de un espacio donde los arboricidas posan de paisajistas y de urbanistas y donde los camanduleros hipócritas terminan exaltados a faros éticos y a grandes dignatarios ‘tipo exportación’.

Triste eso de residir en una comarca a la que The Suso’s Show le parece gracioso y ocurrente y El camino de la vida una obra poética y musical de calidades superiores. Una tierra pretendidamente democrática que llora en pleno el retiro de Jota Mario Valencia y que a su vez celebra el de José Néstor Pékerman, motivada por los grandilocuentes rebuznos de Carlos Antonio Vélez. Un lugar donde una consulta contra la corrupción y otra en favor de la paz no “alcanzan el umbral”. Un territorio habituado a magnificar su largo repertorio de exabruptos a fuerza de maceta, cincel y, digámoslo en posmoderno, ‘de fracking’.

Curioso residir en un paraje cuyos mecanismos democráticos han demostrado ser de papel y cuyos entes policivos están sin lugar a objeción más interesados en asediar a ciudadanos inocentes que en defenderlos. Donde la mentira por parte de un funcionario es cosa menor. Donde priman los caprichos de una estirpe de líderes tan descorazonados como descerebrados, capaces de degradar los trenes a la categoría de “juguetes caros”.

Doloroso enlistarse dentro de aquella muchedumbre habitante de un terruño desentendido de su historia, para quien La Violencia fue un lapso transcurrido entre los 50 y los primeros 60 del siglo XX y ya superado hace un montón de años. Insufrible hacer parte de una economía importadora de papa y lenteja. De una zona del planeta donde la invasión a reservas ecológicas es considerada un tema que “amerita debates”, cuando la palabra ‘discusión’ no ameritaría ni siquiera ser pronunciada en semejantes contextos. De una extensión territorial donde Avenida Brasil marcó altos niveles de rating, mientras que Doctor Mata se hundió en lo más bajo de los listados. De una región cuyos peores elementos olvidan impunes el significado de los términos ‘vergüenza’ y ‘dignidad’.

Complejo aquello de haber sido situado por los caprichos del destino dentro de un espacio donde la amnesia selectiva y la inconsciencia campean. De un cuadrante del planeta embebido en su masoquismo y su desmemoria. De un reducto a la cruel merced de su institucionalidad contaminada. Pero así lo quiso la suerte y hoy no queda más que intentar sobreponerse, aun cuando los costos de lo anterior rocen los límites de lo soportable. Hasta el otro martes.

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