Tiendo a pensar que la humanidad se subdivide en una mayoría de dementes encubiertos, asintomáticos o no diagnosticados y una minoría de dementes detectados, medicada o encerrada en frenocomios. No hay, entonces, quien no padezca de alguna patología mental sin detectar, de determinada fijación enfermiza o de cierta suerte de desequilibro disimulable o socialmente tolerado. En lo personal, y con fines terapéuticos, me permitiré confesar una tara íntima: declárome ‘chanclofóbico’.

Llamo ‘chanclofobia’ a cierta vertiente personal de compulsión obsesiva que suscita en mí un repudio desmesurado hacia las chanclas y otras prendas derivadas. El origen de tan singular forma de demencia es algo sobre lo que he venido recabando hace mucho. Desde tempranos años la sola verbalización onomatopéyica del vocablo ‘chancla’ ha perturbado mi espíritu. Siempre me rehusé y sigo rehusándome a ponerme unas, así sean de Spider-Man o de los Beatles, lo que en incontables ocasiones me ha automarginado de saunas, playas y areneras. La obsesión persiste y tiene su lado sexista: si una mujer las lleva, soy capaz de tolerarlas. Pero no así si se trata de un caballero. Hará quince días, por ejemplo, un vecino abordó el ascensor en sandalias y me arruinó la expectativa de un suculento desayuno.

Siempre habrá, pues, un lugar reservado en mis prejuicios para tal tipo de prenda, indumentaria predilecta de innumerables habitantes de nuestro Caribe, de aquellos turistas nórdicos y desinformados que trasiegan La Candelaria con un sonoro par de estas como calzado, de almas asoladas por temperaturas veraniegas o de caballeros impúdicos que salen a lavar su automóvil con unas puestas, exponiendo ante la humanidad lo más feo de cuanto tienen.

Al verbalizar mi situación en entornos públicos, hay quienes me condenan. Entendible. La chancla constituye un elemento vinculado a nuestros afectos y cultura. Pese a su horrendo nombre, una prima hermana suya suele evocarnos gratas experiencias vacacionales. De ahí el denominado ‘turismo chancleta’. Imposible desconocer el lugar de estas como aliciente a la hora de apurar operarios y empleados en el marco de dinámicas esclavistas de trabajo. Después de todo… ¿qué miembro de la sufrida clase trabajadora colombiana no se ha visto ‘chancleteado’ por jefes, superiores y supervisores? Algo similar podría decirse de los evidentes nexos del mundo automotor local con la chancla. No por nada aquel intrépido acto de hundir el acelerador hasta el fondo es también equiparable al acto de ‘meterle la chancla’.

Afirma la psiquiatría que las fobias se originan a partir de experiencias traumáticas ligadas al objeto temido en cuestión. Con toda franqueza puedo decir que para mi fortuna nunca fui aleccionado a chancletazos y que mis únicos recuerdos tempranos y negativos al respecto quizá se remonten a alguna vecina gordiflona que a las 7 a.m. debió despertarme haciendo sonar las suyas un domingo en la mañana.

Ruego a quienes ahora lean no se me apedree por la frivolidad ni se me considere psicópata. No tengo nada en contra de quienes usan chanclas, aunque sí de las chanclas mismas. De hecho Condorito lleva ojotas y es uno de mis ídolos. Pero, con todo y eso, creo justo y relevante que por una vez alguien en el mundo se decida a visibilizar los diarios padecimientos e incomprensiones a los que se ve sometida la población ‘chanclofóbica’, pues estoy seguro de no ser el único. ¿Alguno más por ahí? Hasta el otro martes.

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