Hay una frase que en tono de reproche suelo oír con frecuencia y que citaré como antiejemplo. “Los jóvenes de hoy en día no saben respetar”, rebuznan los desinformados, con la debida arrogancia moral, una expresión facial entre indignada y nostálgica, y el consabido tufillo de “en mis tiempos todo era mejor”.

La misma afirmación, al lado de otras similares y pronunciada con idéntico descaro, he venido soportándola desde que tengo conciencia. A mis cuatro escuchaba a cuarentones –hoy octogenarios– empleándola a manera de lamentación contra sus hijos y sobrinos, por entonces adolescentes y ahora cincuentones. Incluso la he visto salir de labios de innumerables contemporáneos míos ya envejecidos, armados de recriminaciones y acaso convencidos de estar asistiendo a la debacle de la civilización en pleno.

Hay quienes se soportan en infundios para dar sustento a aquello que no lo tiene: que “antes el mundo era un paraíso”, que “antaño la gente era respetuosa de la ley y gentil”, que “otrora no se veían esos crímenes atroces ‘de ahora”, que “en mis tiempos todos eran decentes y honrados”, que “anteriormente la gente no tenía pelo largo y se vestía elegantemente”, que “en mi época la música era bonita y melódica” o que, todavía peor, “en mis años de juventud nos comportábamos con absoluto apego a los modales de rigor”.

Sumida en farsas históricas como las anteriores, cada generación tiende a suponer que sus problemáticas y avances son inéditos y que las desdichas y ruindades humanas propias de la contemporaneidad constituyen novedades. Así van replicando con la ignorancia del caso las mismas ligerezas desplegadas por quienes les antecedieron. El tema ha sido criticado con sensatez desde diversos ángulos. Lo hizo la Maldita Vecindad con su canción Pachuco. También lo hicieron los Les Luthiers con su sketch de Los jóvenes de hoy en día. Y por supuesto la iluminada Mafalda, quien ante un “este es el acabóse” venido de boca de un hombre maduro escandalizado por el aspecto de un hippie en chancletas, por allá en los 60, decidió interpelarlo con un sensato “no, señor. Este es el ‘continúose’ de lo que usted ‘empezóse”.

Cualquiera que haya escarbado en la historia (nacional y universal) bien sabrá que tales desmanes no son cosa del presente. Que siempre ha habido transgresores, ‘atarbanes’, libertinos y liberados sexuales, pelilargos, cuestionadores de la autoridad y violentadores profesionales de puritanismos ajenos. Que la barbaridad no es un descubrimiento de cuño reciente. Que los retardatarios y los mojigatos tampoco pueden ser clasificados como patrimonios exclusivos de la posmodernidad. Que, contrario a lo que reza la mala historiografía, muchas de las atrocidades en las que hoy incurrimos son, más bien, el fruto de un legado ancestral antes que invenciones contemporáneas. Y, sobre todo, que sacudirse semejantes ingenuidades de la memoria puede ser quizá un camino seguro para comprender aquello que hasta la fecha nos hemos dedicado sistemáticamente a malentender.

Termino con cita de Sócrates, pronunciada por allá en el siglo IV de esta era: “La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se paran cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”. Hasta el otro martes.

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