Por mis venas fluye sangre rockera. Es una herencia de familia que a bien me supieron cultivar. Mis poros tienen como dueños a Iron Maiden, Black Sabbath, Queen, Def Leppard, Journey, Metallica, Judas Priest y todas las bandas míticas e históricas que de ahí se desprenden, que forjaron mi juventud y alegran mi adultez. Me considero un rockero-metalero de médula, pero no soy un tipo que se cierra al son de lo que me llena el corazón. Dentro de mi bagaje musical, por herencia también familiar, porque me gustó simplemente, porque lo dictó una tusa o hasta por moda en su momento, tienen espacio en mi corazón Bach, la salsa clásica en cabeza de Rubén Blades, el vallenato clásico del “sensei” Diomedes, los Zuleta y, por qué no, Silvestre. Jamás olvidaré el merengue de Wilfrido y compañía, bailé lambada, era casi “entrenador” de meneíto y el house-tecno fue una dicha en su momento. De igual manera, mi alma se estremece con Serrat, con el rock en español en cabeza de Soda, de Calamaro y de otros gigantes. Luis Miguel y Montaner han sido “consejeros” de momentos duros y merecen mi seguimiento y respeto. Y ni hablar de unas buenas noches de tango y bolero…

Toda esa música ha sabido cumplir con el propósito que cumple este arte en la vida: acompañar, generar sentimiento, vibrar, generar recordación, desahogo y explosión de lo que usted quiera agregar. Aunque muchos creen que soy un rockero radical, el radicalismo (palabra peligrosa y fuerte por demás) solo lo he sentido ante el reguetón. Con eso sí no he podido. Y sí, no niego que al son de una rumba he llegado a bailar –dudo en bailar, diría mejor: moverme como pueda– una que otra canción, sobre todo del “reguetón clásico”. Pero no, creo que esta música es un claro ejemplo de mediocridad, de lo banal, de lo simple, de cuatro acordes que no cambian de canción en canción. Y sí, a la gente le gusta y lo entiendo. Creo que es un género satanizado como en su momento fue el rock, pero lo que más me da inquina es la falta de talento y su facilismo. Es mi visión, sí, la de un cuarentón, pero qué le voy a hacer, no me trago esa música. Eso sí, idiota no soy y he entendido que es una pelea perdida. Si usted quiere convertirse, en medio de una rumba, en un ser uraño y amargo, es inútil que se quede 100% sentado. Para que las viejas le paren bolas y se integre, alguna canción de reguetón, la menos peor, tiene que bailar (olviden este consejo).

Todo lo anterior me lleva a J Balvin y el porqué esta columna lleva su nombre. Sí, Balvin canta reguetón, pero este señor tiene algo distinto. Y no me voy a lo netamente musical. El reguetón en este antiqueño ha sido la excusa para ver eclosionar a un personaje que merece ser visto de manera distinta desde la orilla de los que no queremos esa música. Creo que estamos ante una figura de una dimensión mundial que cada paso que da está planeado para lograr magnificar lo que inspira. ¿Qué inspira? En J Balvin veo a un tipo que siempre está en proceso de reinvención, de romper paradigmas, de ser distinto, de dar más, de conquistar el mundo. Y lo está haciendo. Más allá del universo reguetón, está la figura Balvin.

Y de lejos es más que Maluma. Balvin se expresa bien, tiene cultura, denota humildad, tiene un discurso y un mensaje, está por encima de la polémica y cuando la ha tenido la ha sabido sortear. Mientras que Maluma habla entre dientes sin compresión clara con un tono misógino y pandillero, Balvin denota estructura e inteligencia. Sabe de sobra para dónde va y esa meta la veo en codearse con lo más conocido del planeta, con la moda, con el glamour; si Michael Jackson estuviera vivo, buscaría un dueto con él. Balvin es un rockstar.

Y no es sacrilegio lo que acabo de afirmar. En sus inicios, el paisa tuvo bandas en las que hacía covers de Metallica, Nirvana y otros grupos. J Balvin tiene ADN rockero. Y no por eso es tan grande su figura, no, es lo que ha montado y sigue montando: una figura de talla mundial que no para.

Miren el caso de Juanes, que se estancó en su mismo sonsonete. Lo mismo siento con Shakira; miren nuestro rock, que anda en el limbo sin figuras descollantes; miren también nuestro pop… Salvo Carlos Vives, otro rockstar de acá al cielo, J Balvin tiene ese talante.

En medio de esta Colombia en la que la polarización se volvió un deporte nacional, yo, un rockero, anti-reguetón, le expreso mi respeto y admiración a J Balvin. ¡Todo un rockstar! Hay que dejar tantas taras…

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