Es una ansiedad extraña y todos hemos sido presidiarios de ese momento en el que alguien a quien admiramos pasa cerca de nosotros y cada uno, en su interior, comienza a dar la lucha de ver si uno saluda o no al famoso. Porque uno no quiere ser un fastidio para aquel al que idolatramos.

Yo admiro a esos tipos reconocidos que jamás niegan un gesto de amabilidad para su gente. Pienso en Giroud, con el esfero empuñado esperando a que alguien firme un autógrafo que nadie le ha pedido; pienso en Harold Santiago Mosquera y Andrés Cadavid cuando una tarde-noche de victoria se fueron a complacer a sus fanáticos con fotos y firmas. Mientras sonreían y posaban, eran robados por carteristas de mano suave y alma negra.

Igual seguirán atendiendo a quien los quiere. Me acuerdo mucho de Santiago Rivas, mi primo querido que trabaja en Caracol Radio y que gracias al programa Los puros criollos entró en el corazón de mucha gente que lo para en la calle siempre: y Santiago, de bondad enorme como su barriga, se detiene y arma charla al fanático que quiere retrato. Un crack el gordo. Cuando a mí me han pedido una foto, también trato de ser buena gente porque sé lo feo que se siente que aquel al que admiramos o ese tipo con el que queremos una foto nos corte la cara y nos deje con la mano  estirada.

Alguna vez conté que en Barranquilla un muchacho me detuvo y después de hacerme generosos elogios por mi labor periodística me pidió un autógrafo y una foto. Cuando iba a firmar el papel me dijo: “Alejandro, yo me llamo Carlos. Lo veré esta noche en Fox Sports”. El chino me confundió con Alejandro Pino, director de Publimetro, y yo no pude decirle que no era él. Ante las risas de Sebastián Heredia y Adrián Magnoli, que estaban presentes en la escena, seguí mi actuación, mi suplantación.

Se entiende la confusión con Pino: calvo, de barba… pero este viernes pasó algo que traspasó cualquier punto límite mental. Luego de ir a comer, pasé con mi novia por el Bembé, el famoso sitio de salsa donde el Bolillo Gómez dejó parte de su carrera y lugar que yo no conocía. Subimos las escaleras y un mesero dijo que no había mesas disponibles, pero nos acercó dos sillas para sentarnos en una barra auxiliar. Un hombre, amable, gentil, armado ya de varios tragos en la cabeza se acercó a saludarme. Le dijo a su novia: ‘¡Míralo! Tú sabes lo que yo lo admiro’. La novia blanqueó ojo y asintió, como si ese discurso fuera repetido para ella. Yo me levanté de la silla, estreché su mano y él me dio un abrazo. “Oiga, usted hace un gran periodismo. Siga haciendo las cosas así, que ese es el camino”. Nos fundimos en un nuevo abrazo y el hombre, antes de irse a la pista de baile con su mujer, dijo: ‘Muchas gracias, usted es un berraco, Casale”.

Toda la noche el hombre me llamó Casale. Incluso cuando nos despedimos. Juraba que Antonio Casale era yo. Con esta, ya son dos suplantaciones que he hecho con éxito, sin despertar sospechas. Seguro ya vendrán tiempos mejores.

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