El sonido se distorsionó y la vista se nubló durante quince segundos. Eso fue lo que sentí cuando ese hombre atentó contra mí ser. Eran las dos de la tarde cuando llegó a mi domicilio el 11 de mayo de 2014, en la celebración del Día de la Madre en Colombia. Desde esa fecha, la denuncia penal en contra del agresor continúa en la Fiscalía con un historial que pareciera no tuviera fin.

Como si fuera un viacrucis, la primera negligencia se da cuando el fiscal 108 archiva la denuncia por lesiones personales en contra del agresor por “conducta atípica”, es decir, al fiscal le pareció normal lo que hizo el agresor y cerró el caso. Gracias a la diligencia de la abogada de la Secretaría de la Mujer, se logró desarchivar el proceso porque un juez de control de garantías sí vio que es un delito violentar a una mujer y solicitó el desarchivo del mismo. Acto heroico de una mujer abogada, ante un sistema judicial machista no apto para mujeres porque los fiscales (hombres y mujeres) no consideran la violencia contra la mujer como delito, sino como una simple lesión personal.

Luego de todo este trasegar, se han llevado a cabo varias audiencias fallidas porque el agresor no asiste. Quien sí lo hace es su papá, quien lo representa y pone la cara por él. Estamos ante una justicia parasitaria, que favorece a los agresores: le han tomado del pelo a la justicia y han dilatado las audiencias con estrategias marrulleras y de tinterillo barato, pareciera que la justicia se arrodillara ante ellos. En este panorama, no les queda más a las abogadas de la SecreMujer que resistir y luchar ante todas estas jugadas; quedan sin herramientas, no tienen los dientes suficientes para enfrentar este sistema judicial retrógrado y patriarcal; la justicia en Colombia está hecha por machos y para machos.

En la última audiencia de imputación de cargos, el papá del agresor mencionó que pagaron una indemnización de $1.800.000 a una cuenta en el Banco Popular a mi nombre. ¡Vaya sorpresa! No me había enterado de que hicieron esta consignación como jugada para pedir que cerraran el caso. Obviamente no la acepté. ¿El denunciado está reconociendo su culpabilidad? ¿Si pagó esa plata –un poco risible– quiere decir que está reconociendo su grave falta? Digo que es risible e insuficiente porque allí no se tuvieron en cuenta ni los daños morales ni los daños psicológicos que esto me ha causado.

Todo este acto es calculado y premeditado para favorecer al agresor. Si se llegase a cerrar el caso, lo más asombroso es que se cerraría sin que los jueces hayan escuchado mi versión ni la de mis testigos; y sin que hayan visto las pruebas documentales que tengo para demostrar que el agresor llegó a mi casa y atentó contra mí.

Ante este contexto, las abogadas de la Secretaría de la Mujer luchan para no dejarlo cerrar. Las mujeres estamos al frente de una justicia cómplice que favorece a los hombres y no tiene en cuenta la perspectiva de género. Aún están lejos de alcanzarla.

Hasta la fecha todo es incierto. Durante cuatro años he luchado para que la justicia actúe, y parece que actúa, sí, pero en mi contra. La desesperanza me invade, sin embargo, tengo fe y continuaré hasta donde mi tranquilidad emocional me lo permita.

Desde el día que denuncié al agresor, él y su familia han tomado venganza contra mí y contra mi padre. El agresor me denunció a mí por, dizque, lesiones personales; la mamá del agresor denunció a mi papá por lesiones personales, y ella también me denunció a mí por calumnia. ¡Todo un trabalenguas de denuncias!

Denuncias falsas, versiones falsas, testigos falsos. Típica mamá cristiana con pensamientos permeados por una secta religiosa llamada el Shaddai, quien actúa defendiendo a su hijo en contra de los valores éticos y morales. Se inventó toda una película al estilo Hollywood para distraer a los jueces y amedrentarme. Y un padre también hechizado por la secta, que a pesar de su edad corre y corre en cada audiencia; sube y baja, manda cartas, fastidia a los fiscales, todo para proteger a su cachorro.

El padre y el agresor son abogados y se comieron el cuento de que me iban a asustar. Todo esto hacen los padres del agresor tratando de sobrepoteger a su hijo de 32 años; alcahuetas que, según mi parecer, tienen valores cristianos invertidos y han creado un monstruo que no pone la cara, un monstruo sin posibilidades de dialogar; un hombre formado por valores tergiversados de sectas cristianas; un hombre calculador y manipulador con las mujeres, con la justicia y hasta con sus propios padres.

¿Cómo es posible que las denuncias en mi contra sí han tenido celeridad en la Fiscalía? En el último mes hemos tenido cuatro citaciones. Es de resaltar que mi padre y yo hemos atendido todas las diligencias judiciales conforme a la ley. ¿Acaso la justicia sí es diligente con el agresor y su familia?

A pesar de tanta leguleyada ‘showcera’ no tengo miedo. Enfrento a un agresor cobarde; a una familia cristiana con sed de venganza por el escándalo que se generó al denunciar a su hijo y a un sistema judicial negligente para la mujer: ¡triple revictimización!

*Este es el relato de Aydée Gamboa, vocera de Feminismo Artesanal, y lo cuento porque Estado no hay para las mujeres. Tenemos que ser heroínas de nuestras propias vidas. Para poder vivir sin miedo.

Por: Mar Candela

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