Sobre nosotros levita una fuerza siniestra cuyos tentáculos exceden los alcances humanos. Un ente inaccesible, culpable de innumerables desdichas contemporáneas. Yo la llamo ‘ciber-burocracia’. Hablo de aquella superestructura electrónica plagada de incompetencias, inoperatividades e indolencias, especializada en hacer de la ‘inteligencia artificial’ una herramienta más para maltratar al congénere y así dar cumplimiento a la premisa burocrática de “convertir lo fácil en imposible”.

Tiempo atrás la perspectiva de simplificar diligencias gracias a la automatización de procesos en línea lucía como una fantasía estilo Los Supersónicos. En un entorno tan viciado de tramitomanías y estorbos perpetrados por manos y mentes humanas, pensar en conectividad universal y en gobiernos y bancas en línea sonaba a salvación antes que a obstáculo. Con el sinnúmero de padecimientos que por entonces implicaban las diligencias presenciales tipo ‘certificado de antecedentes judiciales’ y el seguro viacrucis de lidiar con filas y con funcionarios descorazonados, malacarosos e inoperantes, evadir tal infierno vía internet constituía el sueño de muchos. Difícil haber vislumbrado que dichas iniciativas no iban a derivar necesariamente en un alivio sustancial de las labores tediosas por ejecutar sino, muchas veces, en un comodín para desviar la responsabilidad por ineptitudes humanas al universo de las máquinas.

Ocurre con algunos conmutadores y sus opciones de múltiple selección por teclado. Esos que en tono robótico y sin que medie posibilidad de réplica ordenan marcar “1, si usted no es nuestro cliente” o “2, si todavía no es nuestro cliente” y que entretanto nos ruegan paciencia, dado que “su llamada es muy importante para nosotros”, por más que “nuestros asesores se encuentren ocupados”. También con aquellas webs bancarias empecinadas en exigirnos memorizar y modificar a intervalos de dos meses un alias y una contraseña de doce dígitos con caracteres especiales. O con esas criaturas cuyo tono de androides suele profanar nuestra paz dominical con sus impertinentes reproches de “nuestro sistema aún no registra su pago”, sin que haya cómo demostrarles lo contrario. Incluso con ciertos sitios gubernamentales de internet mal diseñados que a cada nuevo trámite nos exigen (‘captcha’ en mano) certificar que “no somos robots”.

Entre los responsables de semejante prontuario de crueldades resulta justo dar lugar de privilegio a aquellos entes oficiales y privados que con descaro y frialdad osan conducir a sus usuarios, clientes o proveedores por laberintos insondables al estilo planilla integrada de liquidación de aportes (Pila). También a los ‘desarrolladores’ de ‘plataformas’ para reclamaciones a entidades estatales o a fondos de salud o pensiones, de esos que aparentan haber sido diseñados para minar la paciencia del trabajador independiente. Y, por supuesto, a los emprendedores del cibercomercio y del anti-UGA-UGA empeñados en marginar a quienes insistimos en mantener nuestros corazones análogos, vírgenes de toda app y sin smartphone. Hablo de aquellos que han ido suprimiendo las transacciones convencionales y ‘no-en-línea’, incluidas las solicitudes de domicilios mediante teléfono fijo, porque ahora “todo es a través de la aplicación’.

Duele, pues, comprobar que en incontables casos la tecnología ha servido para virtualizar las incompetencias antes cometidas análogamente. Que, por triste que sea, pareciéramos estar presenciando el inicio de un nuevo apocalipsis urdido por las máquinas, ordinario y alejado del épico final que Asimov habría esperado. Y, sobre todo, convivir con la certeza de que al cabo de unas décadas nos veremos, como siempre, a expensas de las omnipotentes garras de la desconsideración ajena, aunque esta vez en hi-tech.

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