Tuvimos que esperar treinta y dos años para volver a ver una final del mundo que valiera la pena. Olvídese del nivel y los planteamientos tácticos, hablo de goles y emociones. El Italia 4 – Alemania 3 de 1970 está considerado como el mejor partido de los mundiales y lo que hubo fue un mar de errores por el clima y el cansancio de los equipos. El hincha no quiere ver cero ceros con defensas perfectamente sincronizadas, quiere emociones por encima de todo, y esto fue lo que le dieron al mundo franceses y croatas.

Luego de siete definiciones más bien planas, con pocos sobresaltos y aun menos goles, la de Rusia 2018 se despachó con un marcador de otra época. Solo tres habían terminado 4-2: Uruguay 30, Francia 38 e Inglaterra 66, y apenas en una, la de Suecia 58, se marcaron más goles.

Lejos está aquella tarde de México 86 en la que Burruchaga marcó el 3-2 para Argentina. Hasta ese día, una tradición de 56 años se mantuvo: los dos finalistas anotaban goles. Luego vinieron partidos impotables. En Italia 90, 1-0 con gol de penalti; Estados Unidos 94, quizá el punto más bajo, definición por penales después de 120 minutos de un 0-0. Roberto Fontanarrosa se refirió a aquel juego como ‘Una reverenda porquería’. Y sí, en el 98 hubo más de un gol, pero aquel 3-0 fue un paseo y Brasil nunca fue rival para Francia. 2002 fue 2-0, pero nuevamente el perdedor se quedó sin marcar, y además, esa fue una de las Alemanias más limitadas que el mundo recuerde. Luego, en 2006 los dos volvieron a anotar, pero fue una final gris, con dos goles de pelota parada, uno de penalti. 2010 y 2014, ambas 1-0 y con alargue. Esa España de hace ocho años jugaba muy bien, pero no pasaba de la victoria por la mínima, dejándonos a todos con ganas de más.

Entonces, luego de tres décadas donde el miedo a perder era más fuerte que el hambre de ganar, llegan Francia y Croacia y nos regalan esto. ¿Pudieron jugar mejor? Sin duda, pero quién se atreve a hacerles reclamos ahora. Este mundial se debatía entre lo sorpresivo y lo discreto por cuenta de las extrañas eliminaciones de los de siempre: Alemania, España, Brasil y Argentina se fueron antes de tiempo, dejando abierto un mundo de posibilidades para los sobrevivientes. Y aunque Francia aburriera a ratos (el debut contra Australia, el 0-0 con Dinamarca, la semifinal con Bélgica), siempre se mostró sólido, lleno de orden, calidad, juventud e ímpetu. Se puede decir que es un campeón sorpresivo, pero no, porque mientras los otros se caían, él podía tambalear, jugar mal, pero siempre salía adelante. Con esta victoria inobjetable se cae el mito de que los franceses son unos cagones, cultivado durante décadas con las dos semifinales contra Alemania en los 80 y, sobre todo, con la final de Eurocopa de hace dos años perdida en París contra la Portugal de Cristiano Ronaldo (que esa noche no contó con él). La historia del fútbol no es inmutable y se escribe a diario, a ver si Holanda toma nota y algún día gana un mundial.

Y para una final de otra época, un subcampeón de otros tiempos también. Ver a Croacia fue como haber visto en su momento a Hungría y a la vieja Checoslovaquia, ambos dos veces subcampeones. Durante muchos años, esos países exóticos para nosotros los latinos vivieron de la historia y del “son buenos, pero no tanto”.  Quedándonos en lo estrictamente futbolístico, hoy Croacia saca la cara por todos, porque sabemos que en aspectos políticos y étnicos hay en algunos casos diferencias irreconciliables.  Esto de Croacia fue épico, de cuando el fútbol era en blanco y negro. Hoy, en la era de las redes sociales, todos pudimos verlo.

El mundo necesitaba una final de este calibre porque no podía ser que esperáramos cuatro años por el partido más importante de este deporte para que salieran dos equipos a ganar medio a cero. Y el fútbol es tan adictivo que aun así nos aguantábamos hasta el mundial siguiente, a ver si la seguidilla de finales mezquinas se rompía algún día. No sé cuántos esperaban que se terminará acá en Rusia, lo único que sé es que cuando Francia se puso 1-0 con autogol de Mandzukic, alcancé a pensar que se venían 72 minutos de quemar tiempo y dije “Tocamos fondo, otro 1-0, esta vez con un autogol”. Habría sido fatal. Gracias a Croacia por nunca renunciar y a Francia por jugar limpio dentro de las posibilidades. De haber estado en la cancha Argentina, Uruguay o Neymar, todavía estaríamos en el estadio recuperando el tiempo perdido en simulaciones.

Este mundial iba para tibio si ganaba Francia y épico si se lo llevaba Croacia, pero cambió su rumbo gracias a la intensidad del último juego; no es lo mismo un 4-2 que un 1-0. También será recordado por la cantidad de sorpresas y por lo exótico de la sede y la calidad de su organización. Con lo ocurrido este 15 de julio en Luzhniki, poco importa si vimos buen o mal fútbol y mucho menos quién haya ganado. Cada uno a su estilo, los dos equipos se entregaron y el experimento les salió bien. Así dan ganas de esperar por Qatar 2022, a ver si la racha de finales entretenidas continúa.

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