Luego del histórico triunfo del presidente electo Iván Duque, en medio de una campaña austera de recursos, pero millonaria en ideas, en inclusión, en gente nueva, con cariño por la patria y con los paradigmas claros de hacer de nuestro país ejemplo para el mundo, hoy se visualiza un gran camino para que Colombia sea la Singapur de Latinoamérica.

Es lamentable decirlo, pero el gobierno Santos dejó el país no solo socialmente desbaratado, sino también las instituciones por el piso, la deuda externa impagable, la Constitución hecha una colcha de retazos, un aparato judicial cada vez más desacreditado y cerca de 210.000 hectáreas de coca.

Mientras que en la agenda del gobierno de Álvaro Uribe se combatió de manera vertical el narcotráfico, logrando reducir a 60.000 hectáreas de coca, por medio de estrategias conjuntas como el Plan Patriota, la política de sustitución de cultivos y la aspersión aérea, así como la política de seguridad democrática. Justo esta semana, el Gobierno estadounidense hizo un fuerte llamado de atención a Colombia por cuenta del grave incremento de narcocultivos, llamado que pone nuestro país nuevamente cerca de la descertificación, como en los mejores momentos del gobierno Samper, no solo por inundar el mercado de adictos en EE. UU., sino porque ya se ve el consumo desbordado de narcóticos en el mercado interno.

No sorprendió la respuesta del presidente Santos al llamado de atención del Gobierno de Estados Unidos, pues de manera cínica y en medio de sonrisas dijo: “Los cultivos de coca han aumentado en los últimos tres años por algo que reconozco que fue culpa mía, introducir el narcotráfico en la agenda de negociación con las Farc”. Eso se le advirtió al Gobierno en reiteradas ocasiones desde 2011 y se calificó como una gran trampa al ordenamiento jurídico y a los colombianos. Qué lamentable es que todo lo que advertimos para entonces nos dio únicamente el rótulo injusto de ser enemigos de la paz. Pero no todo está perdido, muchos tenemos la certeza de que Duque enderezará el rumbo y ya se ven los resultados.

Duque, sin posesionarse y sin llamar a divisiones u odios, de manera verdaderamente sorprendente, hizo un llamado muy audaz a reconfigurar la estructura funcional de la justicia transicional, con el ánimo de crear una sala especial para investigar y juzgar, si es el mérito, a miembros de la Fuerza Pública, como también la clara y jurídica posición de la Corte Constitucional, la cual deja claro mediante sentencia que la justicia transicional no es la competente para decidir sobre extradiciones de exmiembros de las Farc que estén incursos en investigaciones con fines de extradición posteriores a la firma de los acuerdos. La verdad, la serenidad y coherencia de Duque reflejan un excelente paradigma para Colombia.

Ojalá los dirigentes tuviesen coherencia, no como quienes se venden como adalides de la honradez, como una senadora que calumnia a diestra y siniestra y que no solo se siente la dueña de la verdad revelada, también promueve una consulta supuestamente anticorrupción, con sofismas e ideas que ya están en la ley, una consulta que impulsa también Antanas Mockus, quien a pesar de estar inhabilitado por ser contratista del Estado de millonarios contratos, quiere ser senador. La victoria de Colombia no solo se ve en el Mundial de Fútbol, también lo vemos en lo económico, jurídico y político, porque con la cultura de la legalidad de Duque, el resultado final será de verdad que no todo vale.

Ab initio: el electo presidente Duque tiene un gran propósito y eso lo refleja en su capacidad de mejorar las relaciones con la Casa Blanca, para lo cual de entrada deberá mandar un mensaje de urgencia para derogar cuanto antes la conexidad entre el delito político y el narcotráfico, como también la depuración de las listas de amnistiables de las Farc.

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