Los lingüistas la llaman ‘sobrecorrección’, ‘ultracorrección’ o ‘hipercorrección’, tres sinónimos que caracterizan la manía lingüística de alterar indebida e instintivamente la pronunciación o escritura adecuada de una palabra bajo la absurda convicción de que así esta habrá de sonar o lucir más sofisticada. Tal patología suele ir acompañada de cierta tendencia incontenible por parte de quienes la padecen a sermonear con soberbia.

Intentaré explicarme mediante ejemplos: una sobrecorrección recurrente del castellano tiene lugar cuando en charlas informales uno utiliza bien un “de que” –como en “estoy seguro de que”– y algún gaznápiro desinformado tuerce los globos oculares, como si acabara de ser proferida la peor de las barbaridades. Lo mismo sucede si al mejor estilo del Galo en Don Chinche, alguien prefiere despedirse con un ‘chado’ que con el clásico y correcto ‘chao’. O cuando el interlocutor de turno señala yerros inexistentes en quien alude a un “vaso de agua”, respaldado por la argucia de que los vasos no son de agua, sino de vidrio. O si algún fulano exige ‘carnet’ en lugar de ‘carné’, cual si el ‘capó’ de un automóvil fuera en realidad ‘capot’, en tanto la ausencia de la consonante al final hace parecer incompleto aquello que no lo es.

Lejos de constituir una simple curiosidad, un dato coctelero para posar de erudito o un invento de los académicos psicorrígidos, las ultracorrecciones delatan moralismos, complejos de clase y algunas otras aberraciones. Las practican aquellos que demandan reemplazar el adecuado ‘pelo’ por el más bien ramplón ‘cabello’, amparados en la exculpación obscena de que “pelo es otra cosa”. O quienes acostumbran ‘delicarse’ y exigir un ‘colocar’ por un ‘poner’, amparados en la argucia de que quienes ponen “son las gallinas”. Difícil no ‘colocarse’ histérico ante tan descomunales exabruptos.

A diario incurren en hipercorrecciones aquellos que con la sola mención de un ‘asequible’ o un ‘accesible’ se contorsionan de inconformidad para después indicar con toda la ignorancia del caso que se dice ‘accequible’. O quienes insisten en que la caja ‘torácica’ es ‘toráxica’. Y son culpables, por supuesto, todos los profesionales extranjeristas que, dadas sus mal encaminadas pretensiones de cosmopolitismo, dicen ‘recepcionar’ y no ‘recibir’, ‘aperturar’ y no ‘abrir’ e ‘inicializar’ y no ‘iniciar’. Y los que se quejan por las ‘desaveniencias’ o los que ‘infringen’ daño a sus semejantes.

En ocasiones me permito tal tipo de licencias. Pese a no ser lo indicado por la Santa Madre RAE y aunque los correctores de estilo suelan borrármelas, nunca prescindo de los acentos diacríticos en el ‘sólo’, cuando equivale a ‘solamente’. Después de todo, no es igual decir “fui a ‘motelear’ solo una vez” que “fui a ‘motelear’ SÓLO una vez”. De manera similar, siempre marco las diferencias entre la ‘b’ labial y la ‘v’ labiodental. En caso contrario existiría el riesgo de confundir el Var de la Copa Mundo con el bar de la esquina.

Sucede, además, con quienes dicen ‘ecsenario’ por ‘escenario’ u ‘oxcilación’ por ‘oscilación’, cual si las ‘piscinas’ fuesen ‘picsinas’. También con los que se ufanan de su ‘expontaneidad’, con los que prefieren ‘transladarse’ a ‘trasladarse’ y con aquellos pacientes necesitados de un ‘transplante’, cuando lo ideal sería evitarse esa ‘n’ de más. Muchos, al oírlos, quedamos ‘transtornados’. Detectado el cuadro sintomático y agotado el espacio, me despido con reflexión… Si has de corregir… ¡procura armarte de razones y argumentos! Hasta el otro martes.

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