Podemos planear hasta el último detalle de lo que deseamos, buscamos o vivimos, sin embargo, la vida se las arregla para reírse de nuestros planes. En un testarudo intento de creernos dueños de la vida y de todo lo que nos rodea, de querer dominar cada circunstancia para sentirnos más seguros ante cada paso que damos, parecemos ignorar que todo está en constante cambio y que todo inicio es siempre inesperado y tiene una componente de sorpresa.

Y es que el universo es un caos en armonía que simplemente fluye y tiene la maravillosa cualidad de sorprendernos siempre, la vida siempre encuentra su camino, y si bien no tenemos el poder de elegir las circunstancias, sí podemos elegir nuestra actitud ante estas. Aunque no podamos elegir los comienzos, siempre somos dueños de los finales.

Siempre hemos visto los finales como algo trágico, como algo definitivo, casi como una condena, pero no son más que una transición, un proceso de cambio, y más allá de eso, entender que somos dueños de esos cambios, que somos dueños de los finales, más allá de empoderarnos, es casi como un despertar del corazón. Es entender que la vida simplemente dispone ante nosotros un montón de opciones y nuestra labor es decidir cómo vamos a afrontarlas para construir el final que queremos en nuestra historia.

Entender que somos dueños del fin es entender que no debemos empeñar nuestra esperanza a nada ni a nadie; por el contrario, nuestro trabajo es descubrir la fuerza que tenemos para superar cualquier obstáculo, así como la paciencia para sortearlo; es saber que tenemos total libertad (y por consiguiente también la responsabilidad) de sentirnos abatidos, tristes, y entregarnos a la derrota dejando aquello que deseamos, o seguir hasta lograr lo que nos propongamos, sin importar lo que otros puedan decir o pensar, sin importar que las circunstancias no parezcan ser las mejores, porque solo nosotros decidimos cuándo, cómo y de qué manera avanzar, y cuándo ponemos punto final para dar inicio a un nuevo comienzo.

Y tal vez sea esa la manera en que debemos hacer equipo con el universo, él pone los inicios y nosotros desarrollamos la historia hasta que decidamos poner punto final. Ojalá que todo lo que vivamos y hagamos en el intermedio sean cosas, actitudes y emociones que le aporten a nuestra vida y que nos permitan encontrar sentido a través de lo que aportamos a las vidas de los demás, y así tal vez podamos dejar de ver los finales como algo trágico y esperarlos con emoción ante cualquier nuevo reto, con la expectativa de que podremos aprender, conociéndonos cada vez más al despertar cualidades, habilidades y fortalezas que creíamos no tener, llegando a ser imparables y dejando de sufrir por la ansiedad de lo que podría llegar a ser, dado que siempre seremos los dueños del fin.

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