Falcao está al fin en paz con la vida. Nació para esto, para este momento que acaba de pasar. Me refiero a su gol y digo acaba porque escribo esto desde la sala de prensa del Kazán Arena, después de la victoria de Colombia 3-0 sobre Polonia que le sirve para seguir con vida en el Mundial.

Hace cuatro años llegaba a Brasil con el cartel del mejor nueve del mundo y tasado en sesenta millones de euros. Y hablo de precios de 2014, no de hoy. Antes de que Neymar llegara al PSG el verano pasado y rompiera el mercado, para costar eso tenías que ser un fuera de serie; hoy te ven hacer dos goles en un partido de solteros contra casados y te compran en cien. La historia desde ese enero hasta hoy es por todos conocida: larga lesión y todavía más larga y tortuosa recuperación. Pasos grises por Manchester United y Chelsea y un renacer goleador en el Mónaco cuando la mitad del mundo lo daba por desahuciado.

Resulta increíble que un delantero de la talla y la edad de Falcao haya debutado en los mundiales hace tan solo unos días y que haya marcado hace apenas horas. A sus 32 años ha sabido marcar por donde ha pasado, y sus goles han servido para ganar muchos títulos en Argentina, Portugal, Francia y a nivel europeo. Radamel es un animal del área que, a diferencia de muchos jugadores en su posición, no necesita muchas ocasiones para marcar.

A ratos se han oído polémicas sobre la fecha de nacimiento de Falcao. La oficial dice 1986, pero hay quien afirma que se produjo dos años antes, en el 84. Discusiones a un lado, se podría decir que su nacimiento futbolístico se produjo este 24 de junio de 2018 en Kazán. No porque sus centenares de goles en River, Porto y Atlético de Madrid no sirvieran, porque hay que tener clase para anotar domingo, miércoles y domingo en liga local y torneo europeo, sino porque una cosa es ser letal en clubes y otra muy diferente hacer la diferencia en los mundiales. Algo así es lo que se le pide a Messi, impecable con el Barcelona, estéril con su selección.

La mejor forma de explicar la diferencia entre un gol con tu club y otro con tu país en un Mundial es la celebración del mismo Falcao después de anotarle a Szczęsny con borde externo, tras pase de Juan Fernando Quintero. Mientras en sus equipos lo vemos celebrar con rabia, furia, casi con la soberbia de un conquistador, esta vez su cara era de alivio, de una emoción tan profunda que solo podía terminar en llanto. Luego de anotar, corrió hasta el banderín del córner, gritando y mirando hacia arriba, como si se hubiera quitado un piano de encima. Y así fue; con ese tanto, que ojalá no sea el único del torneo, justificaba su lugar en el mundo y cumplía su mayor sueño de infancia. No lo estoy inventando, así lo describió él mismo en una entrevista después del partido.

Su alegría fue la de todos, no solo de su equipo y de los hinchas, sino hasta del poco expresivo Pékerman, que en rueda de prensa dijo sentirse feliz por el samario y puso como tarea para el equipo ayudar a que el atacante explotara todo su potencial en los juegos que falten. Por lo pronto, ayer pasó eso tal cual. Detrás del nueve, James y Quintero movieron a Colombia y alimentaron el ataque nacional.

Hay quien dice que la vida le debía este momento al delantero, nada de eso. La vida no le debe nada a nadie porque las cosas no se merecen, simplemente se logran o no. Tarde y después de mucho trabajo, a Falcao le llegó su mayor momento de gloria. Que se repita, que no sea el único, que se canse de marcar y al final de este torneo pueda decir en una entrevista que ni de niño soñó con tanto.

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