Me refiero a esas tiendas en las que usted puede ir a sentarse, tomarse lo que quiera y hablar con el que esté por ahí. Son esas tiendas, las que venden de todo y en las que el dueño o el que está en el mostrador es afable, atiende acá o allá, se conoce todos los secretos de sus clientes y es la temperatura del barrio mismo. Son esas tiendas, las de clientes fijos que viven más en la silla de la tienda que en sus hogares. Es la tienda del barrio, el verdadero corazón de una ciudad.

La tienda de barrio no es un lugar play, no es un lugar para mostrarse, al contrario, la tienda de barrio es un lugar de tranquilidad, de bajo perfil, es como estar en casa. Y es así como pasa el tiempo y los viejos pensionados que a diario van a tomar tinto, que luego muta a cerveza y pasa a aguardiente (no importa el día o la hora), poco a poco se van del espectro de la tienda por razones de salud (beodez) o de muerte. Pero ahí dejaron su huella, sus charlas y el recuerdo. Y hay renovación, llega el señor que busca refugio de la monotonía del hogar, la mujer que se sienta a fumarse un cigarrillo con un ron con ginger y divaga en sus pensamientos, o el que solo va a comprar leche, saluda y mira cómo los demás pasan sus días ahí.

En el televisor es fundamental que se vea siempre fútbol. No importa si el partido es un refrito o una final, el fútbol aglutina en este escenario y, como pasa en el estadio, usted va con sus amigos, o, si va solo, ahí hace nuevos amigos que al final lo invitarán a otra cerveza y usted hará lo mismo.

En la tienda de barrio las cosas se llaman por su nombre. Para empezar, es fundamental tener claro el nombre del dueño y siempre, es algo sagrado, hay que encabezar cualquier pedido con el DON. Siempre, así el dueño sea joven, hay que decirle DON… Don Pedro, don Alberto, don Joaquín, siempre DON. Es una ley sagrada en las tiendas de barrio. A cambio, a usted le dirán vecino así se llame Carlos o Juan José…

Dentro de mi prontuario de tiendas de barrio he sido cliente “VIP” de la Chiquitienda, la tienda de don Ciro, el Granero de Argiro, la mítica Tienda de los Viejitos y, actualmente, de la tienda de don Chucho. En todas me han fiado, en todas he sido confidente y amigo del dueño, en todas he hecho relaciones para tertuliar, ver fútbol, oír boleros, rock, salsa, tangos (no reguetón, tienda con reguetón: gas) y tomar cerveza.

Por ejemplo, la Tienda de los Viejitos (así la llamaba yo) era atendida por don Alain, un señor de unos 70 años, calvo, barrigón, bonachón y amable. Sus clientes no eran distintos a él, todos viejitos, jubilados y bebedores. Y ahí vi gente como don Humberto, don Jorge y ‘el Profe’, clientes fijos, pero refijos de la copa, el fútbol y el tango. Lo bueno de la tienda es que usted se va cuando le da la gana, y si pagó o no la cuenta no es un problema: uno regresa, todo se lo anotan y no hay lío. Nada se pierde. En la tienda de barrio lo cuidan más que en su propia casa.

No cambio la tienda de barrio. Allá la pinta es lo de menos. Allá importa es usted, no lo que usted tiene. Va uno a pie y se regresa a pie. Si le da hambre hay pastel de pollo, hay todo tipo de bebidas, hay sillas Rimax, pide usted la música que le gusta y le dan gusto. En estas épocas de los Justo & Bueno o los D1, las tiendas de barrio sobreviven estoicamente y son como los cocodrilos: jamás se van a extinguir. No en vano, ahí se cuentan los buenos relatos, ahí se hace un culto a la oralidad.

@poterios

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