Cuesta comenzar a escribir porque la situación supera cualquier tipo de juicio. El dolor es muy alto y, aunque a veces esa compañía silenciosa de la enfermedad empieza a habituarnos en medio de lo que significa la certeza de saber que es más fácil perder la batalla que ganar, no deja de ser difícil encarar la vida, mirarse frente al espejo y entender lo profunda que puede ser la ausencia.

Pero en todos esos procesos tan largos, tan dolorosos, tan complejos, hubo alegrías, mi querido Lucho. Porque es a ti al que escribo. Seguro que en tiempos en los que apareció la noticia, la que cambió todo el sistema cotidiano de familia, fue un nocaut para todos, pero estaban juntos. Y cuando esa clase de tragedias llegan sin avisar a golpearnos la puerta de la casa, la clave es permanecer unidos para recibir lo que venga. Es que varios ladrillos pegados con fortaleza son más resistentes que uno solo. Porque ahí, en la construcción de un entorno sólido, es que las dificultades, por más duras que parezcan, se hacen muchísimo más llevaderas.

Aunque, Lucho, es lógico que a ti te tocó lidiar con una parte muy muy dura. Porque Franco ya estaba en edad de entender ciertas cosas, pero con Matías había que ser delicado, ayudarlo a comprender o al menos esmerarse en que él consiguiera tener una respuesta a los porqué. Por eso, cuando Tatiana debió cortarse el pelo, Franco y tú también lo hicieron para que Matías se animara y no los dejara solos. Volvemos a eso de la familia unida. Y Matías se prendió a la idea, como Roberto Benigni en La vida es bella. Es hacer de la realidad, que puede ser devastadora, algo divertido.

Recuerdo que para esa época eras titular en Millonarios. Nelson Ramos sufrió una lesión gravísima y debiste meterte con la cabeza firme a lo que significaba el remate de la campaña en la que Millonarios era sólido, pero también debiste aguantarte un sopapo, incomparable en términos de importancia, pero que igual fue fuerte: aquel famoso 8-0 contra Real Madrid.

Un par de semanas después saliste a la cancha rapado, apoyando a Tatiana, en un partido creo que contra Medellín. Justo ante Medellín empezó ese look. Justo ante el equipo que enfrentarías poco después en la final con una valentía de esas que produce admiración, porque debías pensar en una final a la que el club no llegaba hacía 24 años y, fuera de eso, estar pendiente de Tatiana, Franco y Matías.

Ya ha pasado tiempo: seis años, los mismos que luchó Tatiana a tu lado. La pelea sigue, no te olvides, en este momento oscuro. La luz que cae del cielo para poder ver el camino en medio de la penumbra es la de Tatiana. Y hay que seguir esa luz.

Un abrazo grande, Lucho. Y mucha fuerza.

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