Siempre hay episodios que nos hacen pensar, reflexionar y recapacitar sobre el destino que compartimos, y normalmente llegan producto de esos momentos que nos unen o nos dividen, que generan nuestra empatía o nuestro hastío: denuncias muy graves de peso nacional o crímenes atroces; la clasificación al Mundial de Fútbol (o su equivalente en otros deportes), o con las elecciones, particularmente si son para presidente.

En el caso colombiano –y me permito aclarar que Colombia desde mi perspectiva es un caso totalmente atípico donde pasa todo lo contrario a los demás países y donde el realismo mágico es lo cotidiano–, en medio de una coyuntura de elecciones presidenciales, este tipo de episodios son el pan de cada día, o al menos lo serán hasta no salir de las elecciones y pasen un par de meses del nuevo gobierno. Y si bien es habitual que en las elecciones presidenciales existan dos “bandos” –si puede leerse como analogía al calificativo ‘bandidos’–, en este punto es demasiado marcada la tendencia extrema de los dos candidatos en su visión política.

Este escenario genera gran incertidumbre en la ciudadanía porque no todos ven a los candidatos como un salvador o mesías (aplica para los dos bandos), y precisamente gracias a esa visión de campaña se han polarizado cada vez más los sectores, por lo cual, aquellos que no logran definir su voto tratan de hacerlo desde el miedo para votar “en contra del otro” o por el “menos malo” entre las dos alternativas finales.

Pero más allá del miedo al cambio, creo que vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para que las cosas mejoren?, ¿cuál es nuestro aporte real, desde nuestra cotidianidad, para que todo sea un poquito mejor?

Y es que independientemente de que te guste o no uno de los candidatos, que veas a alguno como el salvador mesiánico intocable y casi con un halo de santidad, de quien no se puede decir nada sin que te sientas aludido(a) o te caiga como una patada en el estómago, es demasiado simplista pretender que todo cambie botando nuestra responsabilidad en nuestro voto, deseando (o temiendo) que todo cambie de la noche a la mañana, sin que nos toque hacer nada o sin poner algo de nuestra parte para ver ese cambio.

Para cuando sean las siguientes elecciones, sin importar quién sea el nuevo presidente, el país seguirá casi igual, como ha sucedido desde el gobierno anterior y el anterior y así… ¿O acaso no te has dado cuenta de que desde hace al menos tres o cuatro décadas –si no son más– los políticos siempre prometen lo mismo, pero con otras palabras? Y esto no se debe solo a la falta de agudeza mental que en muchos casos exhiben –incluso con algo de orgullo–, esto se debe a que nos dejamos polarizar mientras llegan las elecciones y luego solo nos quedamos en la queja constante, en la crítica aguda, pero en el aporte nulo.

Realmente creo que no importa tanto quién sea el presidente de turno, sino quién decidimos ser en nuestro día a día. Podemos ser mejores ciudadanos, mejores amigos, mejores trabajadores, podemos ser más emprendedores, más propositivos, más amables y solidarios, podemos ayudar a cuidar y mejorar nuestro entorno, empezando por no deteriorarlo, podemos dejar de buscar el camino fácil, de querer hacernos los ‘vivos’ o lograr la trampa… y todo empieza por un pequeño aporte personal. Podemos lograrlo todo e incluso más, o seguir en las mismas tan solo quejándonos porque nada cambia.

Yo quiero creer que todo puede ser diferente, y lo será si lo hacemos un día a la vez, una persona a la vez, empezando obviamente por nosotros mismos; por eso te pregunto: ¿cuál es tu aporte?

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