Un gol es capaz de convertir al hombre promedio en inmortal.

A veces esa situación también termina ocultando otras hazañas que pudieron ser mejores en términos de forma o pulveriza estadísticas tan valiosas por cuenta de aquella imagen del gol que se transformó en mito, en hazaña. Ese tanto, y así lo decreta el rumbo de la vida, es el único que el mundo estará dispuesto a valerle al que hizo 100, porque los otros 99 no cargan con ese legendario instante de épica. O de pronto sí, pero no importa. La memoria querrá aferrarse a una sola imagen. Es como aquellas bandas que más allá de hacer un trabajo extraordinario en 13 cortes de un disco y que se mataron haciendo música extraordinaria, se les evoca por una sola pieza que pegó y pegó duro. No importa que no sea la mejor: es la que se nos quedó tatuada en la corteza cerebral.

Un gol legendario para un futbolista es como para Lenny Kravitz haber hecho en su momento Are You Gonna Go My Way. Nadie quiere ponerse en la ulterior tarea de mirar qué hizo antes, de disfrutar otras canciones tipo Let Love Rule o Sittin’ on Top of the World o It Ain’t Over ‘Til It’s Over. NO. Era Are You Gonna Go My Way o nada.

Porque en este caso en particular que inspira este texto no se va a hablar de un futbolista tipo one hit wonder, calificativo con el que se denomina a esas bandas que solo le pegaron a una canción y con esa tuvieron para sonar eternamente. Luis Zapata y su carrera para vencer la portería de São Paulo en el Morumbí es una especie de one hit wonder futbolístico: no hizo más goles que destacaran su trasegar en el fútbol, pero ese acumula el valor de todos los que nunca iba a hacer. Fue el I Ran de A Flock of Seagulls o el Obsession de Animotion.

En este caso particular es como lo de Lenny Kravitz: el gol que tapó todo el resto. Porque era 1996 y eran Boca y River los elegidos para salir a la cancha. Boca, dirigido por Bilardo, errático en juego y en la tabla, se enfrentaba a una de las mejores versiones de River de todos los tiempos: aquel famoso equipo de Ramón Díaz que además de bailarlos a todos, ganaba.

El juego iba 2-2 y en el minuto 93 apareció Hugo Romeo Guerra. El uruguayo había llegado esa temporada a Boca y mal no le fue: debió hacer unos nueve goles y competía en su puesto contra Rambert, Carrario, ‘Manteca’ Martínez y Latorre. Sus buenas actuaciones en Gimnasia, Esgrima –donde su altura y su cabezazo eran blancos perfectos para los centros enviados por Guillermo Barros Schelotto en La Plata– y Huracán lo llevaron hasta La Bombonera. De hecho, en la temporada anterior un gol suyo a Boca fue el que decidió su fichaje.

Guerra en aquel Boca-River saltó por los aires y golpeó la pelota un poco con la coronilla y otro tanto con la nuca. Cuando la pelota cruzó la línea de gol en la agonía del tiempo y fue 3-2 a Boca, Guerra supo que los demás goles que hizo y haría ya no existirían. El mundo había escogido ese del superclásico para recordarlo por siempre.

Guerra falleció la semana pasada de un infarto, a los 52 años.

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