No hace una semana el proyecto de eliminación de tres ceros del peso colombiano fue aprobado en primer debate por la Comisión Tercera de la Cámara de Representantes. La gente se interesó poco. El país está demasiado entretenido intercambiando monas, aplaudiendo y abucheando candidatos e insultándose vía Twitter como para percatarse de semejantes intrascendencias numismáticas. Incluso hay quienes todavía desconocen los pormenores de la iniciativa.

En cuanto a esta, respaldada por el Ministerio de Hacienda y debatida por la Asobancaria, intentaré exponerla: de entrar en operación, los billetes de cincuenta mil pesos serían reemplazados por unos de cincuenta nuevos pesos, los de mil por unos de un peso, y así, correspondientemente, hasta cubrir todas las denominaciones hoy en vigencia. De tal manera y en adelante, cualquier bien antes avaluado en noventaicuatro millones reduciría su valor nominal, digamos, a noventaicuatro mil.

El asunto no reviste mayores complicaciones en términos prácticos, aparte del desgaste que implica un periodo de adaptación, comprendido entre 2020 y 2022, y de un aproximado de cuatrocientos mil millones de pesos de los actuales amputados al presupuesto nacional para expedición e impresión de billetes nuevos y formación de la población en el empleo de estos. Esto sumado al despropósito administrativo de renovar todas las existencias de papel moneda en circulación, cuando no hemos ni terminado de estrenar toda una ‘familia’ joven de este. Mis manos, cuanto menos, no han tocado a la fecha uno solo de cien mil. Muchos expertos se han pronunciado en contra y hay quienes además sospechan de intenciones siniestras por parte del ente emisor.

Entre las razones esgrimidas por los defensores está la de dejar obsoleto el viejo dinero oculto en caletas de narcotraficantes y grupos insurgentes. También la simplificación contable en el manejo de cifras que ya van haciéndose exorbitantes. Las voces opositoras apelan a consideraciones distintas. La representante Olga Lucía Velásquez, por ejemplo, acudió al argumento de que una vez implementada la modificación los ciudadanos nos sentiremos más pobres. ¡Como si ya no lo supiéramos!

Con todo y los posibles traumatismos derivados, declárome a favor. Me justificaré: el asunto tiene su lado trascendental y reviste más beneficios que perjuicios. Y no aludo a incidencias macroeconómicas o cambiarias. Me refiero a recuperar la autoestima patria, decaída a cuenta de nuestras desdichas inflacionarias. No me digan que no es muy triste, indigno y por demás desmotivante tener que desembolsillar 3000 por un dólar y 3500 por un euro. Preferible entregar tres o tres con cinco centavos y así sentirnos, aun cuando sea artificialmente, algo menos paupérrimos en el concierto de la economía mundial.

En concordancia, unas cuentas menos viciadas por montos gigantescos permitirían tal vez ser un tanto más consecuentes con nuestra mentalidad ‘centavera’. Retornarían al mercado los chicles de cincuenta centavos, los “cinco centavitos de felicidad”, el pan francés de tres pesos y algunos otros embelecos románticos extintos por cortesía de esta debilitada moneda. Lo mismo ocurriría con el vocablo ‘millonario’, categoría en la que casi toda la población productiva de Colombia en la actualidad aparentaría estar incluida sin justificación real gracias a la devaluación. Pero, sobre todo, aquel mantra patriótico de “faltaron cinco centavos pa’l peso”, excusa de oro para soslayar nuestras incapacidades, sería otra vez pronunciado con algún grado de veracidad numérica y con el aval del Banco de la República. Hasta el otro martes.

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