Volver a Bogotá después de un viaje es estresante. No por los trancones ni la inseguridad, sino por el taxi que te lleva del aeropuerto a la casa. Antes llegabas a una caseta, dabas la dirección a donde ibas y de una vez te decían cuánto costaba la carrera. Ahora te subes directo al taxi después de hacer fila y quedas a merced del conductor, que tiene varias tretas para cobrarte de más.

La primera es no llevar la tabla de precios al respaldo de la silla del copiloto: los taxistas que hacen carreras del aeropuerto a la ciudad la suelen quitar. Sin esta a la vista, a la hora de hacer la conversión de unidades a pesos queda a discreción del chofer, que siempre juega de local. Otro truco es un clásico: tener el taxímetro adulterado. Hace poco una persona grabó con su celular cómo un aparato de esos adelantaba unidades como si en lugar de taxímetro fuera cronómetro. De un taxista aprendí que antes, cuando el taxímetro arrancaba en 25 unidades y no en 28 como ahora, del aeropuerto al puente de la 26 con Boyacá había cinco kilómetros, o sea que en ese punto tenía que marcar 75 unidades, más o menos. A mí me ha tocado llegar a ese puente con taxímetros en 100, 110 unidades. No digo nada para no pelear, pero en ese punto el estrés ya es irreversible.

Luego viene la llegada al destino final. Sin tabla de por medio, el taxista posa de decente y hace la conversión de unidades a pesos, pero adivinen qué. Ya viene con el recargo de 4000 pesos, que es lo autorizado con carreras desde y hacia el aeropuerto. Sin embargo, ellos le suman 4000 pesos más, como si no viniera ya sumado, es decir, 8000 pesos de recargo al final, más lo que por derecha le ha aumentado al ojo. Así, entre la ausencia de tabla, el doble recargo y el muñeco del taxímetro, una carrera le puede salir 10.000, 12.000 pesos más de lo usual. Y hablo desde la experiencia; de mi casa a El Dorado la carrera cuesta $18.000, y con ‘ojímetro’ me ha salido en $30.000. Nunca los he pagado, porque ahí sí me enfrento si es necesario. Decente y calmado, porque no vale la pena pelear con un taxista (con un tuitero tampoco), pero siempre claro a la hora de decirle que me está cobrando de más. Luego de tirar y aflojar, doy $20.000, $25.000 si me cogen cansado y con ganas de entrar rápido a casa.

Aun así, todo hay que decirlo, he notado una mejora en el servicio al cliente. Se nota que les ha llegado el mensaje de que contra Uber hay que competir así y no bloqueando la ciudad ni haciendo emboscadas. Si los taxistas prestan un buen servicio, no le veo lío a que cobren de más; sigue siendo más barato que Uber y tienen una gran ventaja: ellos sí conocen la ciudad. Ahora lo que falta es que cobren de frente, que luchen para que les aumenten las tarifas, yo las pagaría con gusto si me siento satisfecho y respetado. Prefiero pagar de más de frente, que saber que cada vez que me subo a un taxi me están tumbando por debajo de cuerda.

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