Tan colombiana es la costumbre de estigmatizar todo y de un plumazo, muchas veces a control remoto, sin ‘oler’ y sentir las cosas dentro del ámbito en el que suceden, que muchas veces se realizan juicios que son difíciles de borrar. El tema de las barras tiene tela de todo tipo y se tiñe del color que usted quiera de acuerdo a la óptica que usted reciba y a la visión que usted le quiera dar. A lo que voy es que siempre hay que ir más allá, sin regionalismos, sin odios tontos y con criterio más diáfano. El último clásico disputado entre Atlético Nacional e Independiente Medellín deja unas lecciones y unos hechos loables que van más allá de lo que sucedió en la cancha del estadio Atanasio Girardot. Es una lección para el país.

El clásico se disputó el domingo, pero se empezó a jugar desde el viernes anterior. El antecedente se siembra desde la llegada del alcalde Federico Gutiérrez, cuando impulsó la idea de volver a jugar los clásicos paisas con la presencia de ambas hinchadas. Y así fue, el Atanasio volvió a vestir sus tribunas de rojo y verde en un mismo momento y todo ha transcurrido en el cauce en que se vivía en épocas pasadas: los hinchas compartiendo una rivalidad histórica en medio de la convivencia y la tolerancia. Ningún hecho que lamentar.

El cierre de fronteras en el fútbol es un acto facilista y mezquino que ha contado con el aval de la Dimayor y de las autoridades locales de cada ciudad. Según esa premisa, es más fácil cerrar que proponer y trabajar por la convivencia. Cierro la casa y mejor no hago lo posible por tratar de lograr que se garantice la paz y la convivencia en aras de un evento llamado fútbol.

El mensaje y la meta en Medellín, así se minimice en otros lugares, es otro. Acá la puerta se abrió y se trabajará por seguir abriéndola. Acá la responsabilidad es de todos y entre todos se trabaja para que regresemos a ese bello escenario de ver hinchadas de otros equipos dentro del estadio.

Y se dio otro paso en el que ha sido clave la unión de la Alcaldía de Medellín, entidades como el Inder Medellín, la secretaría de Seguridad, Nacional y el DIM, la Policía Nacional, las barras Los del Sur y Rexixtenxia Norte y las asociaciones de barras Ubanal y AsobDim. Con este frente común se trabajó en equipo para traer una idea que nació en Chile: jugar el clásico durante 24 horas. El clásico más largo de la historia de Colombia.

Y es así como nació El Clásico No Duerme, en el que diferentes capas de la sociedad, dentro del marco del color verde y rojo, disputaron 24 partidos de 50 minutos cada uno, sin parar, sumando goles de forma global, desde el viernes, a las 6:00 de la tarde, hasta el sábado a la misma hora. Y la magia se dio en la mítica cancha Marte, de la unidad deportiva Atanasio Girardot. De verdolagas y poderosos se vistieron de cortos los miembros del gabinete municipal; los taxistas, que jugaron a las 3:00 de la madrugada; los tuiteros, que lo hicieron a las 12:00 de la medianoche; la Policía y la Personería, que jugaron a las 7:00 de la mañana; los empleados administrativos del DIM y de Nacional, niños de las inferiores, las mujeres, las barras, los músicos de las mismas, los periodistas que le van al rojo y los que le van al verde, las escuelas de fútbol de ambas escuadras, entre otros, y, al cierre, los exjugadores profesionales de los dos equipos.

Todo lo anterior con 100% de convivencia, paz y tolerancia. El evento fue un absoluto éxito. Y eso redundó en lo que pasó el domingo en el clásico profesional, el oficial. Camisetas rojas caminaban por la zona de sur, camisetas verdes podían caminar por la zona de norte de las afueras del estadio. Había verdes en el obelisco, había rojos por la 70. Ver un color distinto y compartir de nuevo fue parte del paisaje como lo vivieron nuestros padres y abuelos. El resultado del clásico, que fue uno de los mejores jugados de los últimos años, es anécdota. Acá ganó la ciudad, ganó el fútbol y gana el país si copia este modelo.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos / @poterios

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