A veces, hay días en los que no te quisieras levantar, días en que sin siquiera abrir los ojos por completo sientes el peso del universo, como si todo estuviera destinado a salir mal. O por lo menos eso queremos pensar cuando no estamos de buen ánimo, el cansancio hace de las suyas con nosotros y, para completar, nuestras suposiciones fortalecen nuestra negatividad y nos dejan sin otra alternativa más que querer olvidar eso que aún no vivimos, pero suponemos será fatal.

Y es normal, hay días en los que tenemos nuestra energía al máximo y otros donde parece que nos duele hasta respirar; unos en donde sentimos que somos capaces de lograr lo que sea y, por otro lado, otros en donde parece que la vida nos aplasta como una locomotora.

Pero por más normal que pueda ser que este tipo de días aparezcan en nuestro calendario o que estos bajones de ánimo surjan, no podemos por ningún motivo acostumbrarnos a ello o conformarnos, dado que hacerlo es casi como entregar nuestra vida al tedio, la resignación y la negatividad.

A veces, tendemos a “pensar” (o mejor asumir) en términos absolutos, dejando que esa negatividad se apodere de nuestra cotidianidad y consuma nuestra vida, ya que creemos que es todo lo que hay. Y sí, hay días mejores que otros, pero eso no quiere decir que todos los días sean malos ni mucho menos que un mal día sea sinónimo de una mala vida. Si tan solo dejáramos de suponer y nos arriesgáramos a descubrir lo que la vida está guardando para nosotros, transformaríamos por completo nuestra vida y viviríamos cosas hasta ahora inimaginables que rápidamente serían nuestra nueva realidad.

A veces, todo lo que necesitas es entender que no necesitas nada más, que has estado ciego por la ambición que tu ego ha creado y que te has perdido maravillosas oportunidades de ser realmente feliz por culpa de tu orgullo. A veces, lo que necesitas es entender que lo tienes todo, incluso mucho más de lo que has podido disfrutar y evidentemente mucho más de lo que has sido capaz de agradecer. A veces, todo lo que necesitas es amar y aprender siempre a amarte a ti mismo antes que a algo o a alguien más.

A veces –o mejor, siempre– necesitamos afrontar la vida con determinación, con la seguridad que tiene aquel que solo sabe ganar y no tiene miedo a fallar, y que aunque lo tuviese, sabe que no se va a dejar derrotar. Necesitamos encarar el día con el ímpetu de quien sabe que el tiempo se le va a acabar, y resulta no solo necesario sino también fundamental sacarle el máximo provecho a cada instante del día, para poder terminar en la noche con la satisfacción de que se dio todo y un poco más.

Al fin y al cabo, ver la vida pasar es algo que hace cualquiera, muchos se limitan tan solo a quedarse encerrados en su monotonía y a eso no se puede llamar vida, porque independientemente del trabajo que realicemos o los recursos con los que contemos, siempre podemos hacer algo para mejorar, crecer y contribuir a nuestra felicidad y a la de otros. Pero a veces, extraña y maravillosamente, surgen personas que abren la mente para ver un poco más allá de lo que sus ojos pueden percibir, personas que tratan de apostar por el crecimiento y el cambio, y ese tipo de personas tienen el potencial de cambiar su mundo e incluso el nuestro, pero para descubrirlo, es necesario dar un paso más allá. Tu puedes ser una de esas personas, el paso que debes dar es simplemente creer en ti (siempre, no a veces).

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