Irrelevante o no, la historia es esta: corría 1992. Yo tenía 16. Era sábado. El Gimnasio los Robles, colegio donde cursé mis tres últimos grados de bachillerato, celebraba una becerrada. Para los felizmente desinformados, las describiré: denominamos así a ciertas prácticas taurinas júnior en las cuales bovinos jóvenes suelen ser dispuestos en un ruedo similar a los de las plazas de toros. Todo para someterlos a provocaciones por parte de una jauría de borrachos, quienes pretenden sentirse valientes martirizando a los mamíferos aquellos y luego escabulléndose.

Esa tarde, sin que nadie lo esperara, apareció entre la concurrencia Jaime Garzón Forero, ya entonces célebre presentador del magazín Zoociedad. Para sorpresa de los presentes, venía con Ana María Dávila, condiscípula mía. Ignoro cómo pudieron conocerse, pero me divierte imaginar que ambos se encontraron en alguna fila de supermercado y que Garzón, con sus dotes de conquistador, la convenció para llevarlo con ella. Los dos decidieron situarse a una grada de distancia de mí, contemplando cómo algunos fastidiaban al pobre semoviente escupiéndole licor, lanzándole manotadas de arena a los ojos y correteándolo.

Yo, siempre en busca de pretextos para refunfuñar, y ya un prospecto de animalista, comencé a vociferar consignas en defensa de la víctima, interrumpidas de súbito por el mismísimo Garzón, quien sin que nos hubieran presentado se me aproximó para entregarme una flor. “Hágame un favor –me pidió cordial–: vaya donde esa niña –en ese momento señaló a Lina Briceño, otra compañera de clase– y dígale que yo se la mando”. Tras obedecerle, indagué con respecto a por qué me había seleccionado como emisario suyo. “En todas las colectividades hay gente más visible que otra. Aquí, entre sus compañeros, usted es el que se ve”, respondió. “¿Y eso de ser visible es genético o se cultiva?”, le pregunté, henchido de vanidad adolescente. “Es como la pecueca: viene con uno”, fue su contestación.

“La gente se inventa excusas para ser violenta –agregó–. Le apuesto que si nos vamos caminando por el redondel con las manos atrás, el becerro no nos va ni a determinar”. Así procedimos. Alguien nos fotografió haciéndolo, pero nunca supe en qué manos quedaron esos registros que entonces vi en un álbum de Foto Japón y que ahora daría mucho por escanear. “Comprémonos media de ron y una Naranja Postobón”, sugirió él a continuación. De nuevo lo secundé. Disertamos toda la tarde, horas enteras, alrededor de innumerables temas. Solo oírlo ya era aprender. No olvido cuando se quejó porque en Colombia a los varones nos castraban la ternura. “Uno de chiquito anda con los amiguitos hombres agarrado de la mano, y los profesores lo corrigen, como si fuera incorrecto”.

Al oscurecer, Garzón se ofreció para arrastrarme hasta mi domicilio. Estúpidamente preferí quedarme. Antes de marcharse, me dio su número de teléfono, me hizo prometerle que lo llamaría y se marchó ‘encaravanado’ con César Henríquez, otro condiscípulo más, quien según entiendo remató esa noche en casa del después inmolado genio. Incluso ahora, cuando de sobra supero el doble de la edad que entonces tenía, y por casi cuatro años la de mi afamado interlocutor antes de morir, lamento haber despilfarrado el privilegio de ser amigo de una de las mentes más agudas y brillantes de su generación en Colombia. La verdad… nunca creí que nos lo fueran a matar. Hasta el otro martes.

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