Antes era distinto. Tenía otro sabor. Digo que era distinto porque parecía más difícil llegar a la meta tan ansiada. El asunto empezaba cuando, llegando del trabajo, aparecía mi papá o mi mamá con la sorpresa. Mi papá no tenía fútbol en la sangre. Más fútbol en las venas podría tener Britney Spears que él, pero igual sabía de mis gustos, y en la noche, después de ‘moler’ como un burro en la oficina aparecía con las monas de un álbum hermoso: era el Álbum Internacional del Automóvil: fotos de Lamborghinis, pero también de Fiat Panda. De De Tomasos y de Lancias. De Rolls Royce y de Renaults en todas sus gamas, incluso el tan extraño Renault Fuego. Las de Jet también eran de su bolsillo, así como los sobres de láminas de un álbum hermoso sobre fauna y flora de Colombia que aún hoy extraño.

Mi mamá fue la que se tuvo que poner los guayos en esta  historia. Siendo yo muy niño empezó a darle con el de España 82 y el de México 86, en el cual algo más que empeño puse. Ni hablar del de 1990. Dos años antes, el álbum de fútbol colombiano 1988 me lo regaló ella, por supuesto, y era la que me abastecía de monas que, incluso, llegó a cambiar por mí con algunos compañeros de trabajo mientras yo me llevaba otro pucho para el colegio. Al llegar a la casa la llamaba a la oficina para ver qué había logrado ella, qué conseguía yo y cuántas quedaban faltando. Durante una semana entera la obsesión se materializó con el nombre de John Jiménez, defensa del Medellín y última lámina que faltaba por pegar. Salió en un sobre, de casualidad. No hubo que hacer trueque por ella.

En el 90 me di el gusto de hacer los dos álbumes que aparecieron. Uno, de extraña procedencia y sin que todavía Navarrete tomara la valiente posta contracultural ante el ícono Panini, que siempre era (es) la primera opción. Los jugadores no salían en plano cerrado como es habitual, sino que aparecían de cuerpo entero y en acción. Y ver esas láminas tenía el extraño atractivo de adivinar en qué partido podía haber sido la foto que ilustraba la presencia de Mo Johnston, Ahmed Shobair o Gustavo Dezotti. El de 1994 se llenó. En el de 1998 me faltó solamente una mona: la de la Copa del Mundo. La excusa de los tres ingleses que no salieron no eximió sin embargo buscar las inmundas fotocopias a color de los futbolistas de Irán. En el 2002, la extrañeza de que los hombres de la selección española no salieran con la casaca de la Furia, sino con las de sus clubes, marcó un momento de decepción. ¡Qué valor puede tener Gaizka Mendieta con la camiseta de Lazio!

En 2006, 2010 y 2014, la misión de completarlo se cumplió. Pero ya con trabajo estable y sueldo cumplido, resultó más fácil invertir en la caja de 100 sobres –cosa imposible de 2002 hacia atrás, donde había que remarla–, comprar de a tres sobres y jalarle al trueque de tres jugadores por un escudo. Tal vez eso ayudaba a que la labor de ordenar los adhesivos, pegarlos uno a uno y ver espacios vacíos tuviera un valor épico a la hora de completar la misión.

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