Todo publicista con nociones elementales de marca lo sabe: antes de lanzarse como individuo al ejercicio de cualquier actividad pública conviene proyectar la manera como dicho individuo habrá de exponerse al mundo. En circunstancias extremas quizás el individuo aquel deba incluso alterar sus modales, su imagen y hasta su nombre para hacerse digerible, confiable y simpático. De ahí que Norma Jeane Mortenson saliera a la luz como Marilyn Monroe, Neftalí Reyes como Pablo Neruda o Édgar Gómez como Marcelo Cezán.

Los ámbitos del comercio, del arte y del espectáculo rebosan de personalidades ‘rebautizadas’, práctica cuyas bondades han salvado a muchos del anonimato. Una de estas es, fíjense ustedes, Maluma. ¿Se imaginan a un astro del pop precedido por su nombre original, más propio de un gamonal grecocaldense que de un ídolo juvenil? ‘Juan Luis Londoño Arias’ sonará perfecto para aspirante a diputado por la Asamblea Departamental de Risaralda, pero difícilmente para un trapero-reguetonero. Para fortuna suya y de su fanaticada el visionario músico, o sus visionarios asesores, supieron entenderlo a tiempo.

Por desgracia no muchos políticos cuentan con ese olfato. Yo me pregunto, por ejemplo, quién regirá los destinos publicitarios de ‘Timochenko’. Nada contra él ni a su favor. Pero que un candidato a la Presidencia rodeado de tan obvios cuestionamientos se autodenomine ‘Timo’ constituye un despropósito comunicacional y publicitario imperdonable. El vocablo castellano ‘timo’ remite a la acción y al efecto de ‘timar”, que según la soberana y Real Academia Española es “quitar o hurtar con engaño” o “engañar a alguien con promesas o esperanzas”. Lo conveniente para Timo sería evitarse chistes y optar por otro remoquete. A no ser, claro, que quiera oírnos a todos recitar al unísono: “yo me temo que Timo nos tima”.

Algo semejante ocurre con Peñalosa, como Rajoy, un político apellidado como antagonista de Los Picapiedra. Su sola sonoridad evoca cementos, losas de troncales, canteras y suelos desecados por la deforestación irresponsable. Yo de él, a lo Marcela Mar, me lo cambiaría así ya estuviera crecido. Aunque, al final, mejor guardar consistencia con las creencias propias. ¿Y no es, a propósito, inconsistente que alguien tan fuera de sus cabales tenga por apellido ‘Cabal’? Mejor le habría resultado usar el Molina materno para ahorrarse ironías. Figúrense el drama del pobre magistrado Malo al apellidarse así e insistir en su inocencia. O el de Diosdado ‘Cabello’, quien pese a lo que uno supondría acusa evidentes síntomas de calvicie frontocoronaria. ¿Y qué dirá Paloma Valencia, demasiado guerrerista para ostentar orgullosa el nombre del ave aquella?

¿Más casos? ¿Qué opinan de que el significado de Álvaro en su variante germánica original sea el de “defensor de todos”, el de Germán “hombre de guerra” y el de Alejandro, “salvador del varón”? ¿O qué decir de llamar ‘los Santos’ a una familia cuyo mayor mérito ha consistido en manejar un país a su acomodo por más de un siglo? ¿O de que por estos tiempos, cuando nadie quiere ser asociado con el mandatario vecino, este haya incurrido en el ‘inoportunismo’ de bautizar a su criptomoneda el ‘Petro’? Así las cosas, y ante el espacio que se nos agota, una invocación final: ‘madres y padres’ de familia… quiera el destino que sus hijos no les salgan políticos. Pero, para prevenir, procuren encontrarles un nombre y un apellido vendedores y consecuentes. Les ahorrarán montones en rediseño de imagen.

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