Si los habitantes de Bogotá no conseguimos defender la sagrada carrera Séptima de quienes pretenden convertirla en troncal de TransMilenio, merecemos extinguirnos y que la ciudad sea repoblada por una nueva estirpe de seres más dignos de custodiar estas tierras. No dejaré de repetirlo: resulta inconcebible que la actual Administración se obstine en gobernar a contracorriente de la voluntad popular y de la lógica, y que incurra en vilezas dictatoriales y en estrategias de distracción como las ya conocidas para someternos a sus desfachateces. Pero, sobre todo, que la ciudadanía tolere tales ardides con un muy mal entendido sentido del estoicismo y con tan marcada indiferencia.

Un crimen como aquel que está por ser perpetrado sobre la emblemática vía capitalina al degradarla a corredor de cancerígenos y hacinados buses –con estaciones de lata, predios comprados a precios ridículos y andenes estrechos– ameritaría movilizaciones tan vehementes como aquellas emprendidas a propósito de los parrilleros y sus legítimos reclamos. ¿Vieron el montón de gente comprometida con la causa ‘motociclística’? Quizás el equivocado sea yo, pero por mi parte encuentro igual de preocupantes o incluso más los destrozos irreparables planeados para nuestra Calle Real a la impopular medida, absurda, aunque derogable.

En contraste… ¿se imaginan el parque Nacional irreversiblemente mutilado y la avenida que lo atraviesa atiborrada de filas y de delincuentes y todavía más ‘incaminable’ a como es hoy? Dibujémonos en el pensamiento las edificaciones pauperizadas. El comercio paralizado. La ciclovía dominical malograda. También los siglos de historia que por ahí circulan demolidos, al capricho de una dirigencia sin corazón, hoy empeñada en diseminar aquel prematuro cántico de “esto no tiene reversa”, que en estos días les he oído no solo al alcalde y los suyos, sino a gentes de todas las procedencias. Así nos quieren: resignados.

Sin duda, nuestra Séptima demanda una intervención y soluciones de movilidad que beneficien a todos los que la recorremos a diario de uno a otro extremo. Muchos soñamos con verla remozada, conforme a los cánones del urbanismo contemporáneo. Y fantaseamos con un paseo monumental, verde, respirable, respetuoso del patrimonio en derredor, surcado tal vez por trolebuses, con paraderos fijos, carriles para bicicletas y andenes amplios y amigables que acojan a quien camina. Pero lo anterior dista de asemejarse a aquel corredor propuesto para la flotilla de don Enrique, sin estudios que lo justifiquen, con estaciones atestadas, barreras anticolados, devaluador natural de predios vecinos, contaminador del paisaje urbano y del aire y foco de delincuencia que los renders hacen parecer viable.

En lo personal, seguiré creyendo que esto sí tiene reversa. Que frenaremos la tala de 5174 árboles. Que nos uniremos para encontrar la manera de no empeñar a Bogotá en varios billones de pesos destinados a financiar una obra que, al decir coloquial, “regalada es cara”. Que los volvos rojos diseminando su hollín sobre nuestros asfixiados pulmones serán solo una vieja pesadilla en la memoria y una frustración más para anexar al prontuario del ‘Steve Jobs del diésel’. Que la sentenciada muerte del Septimazo se mostrará evitable y que –como en el caso de la ETB y por encima de la testarudez del alcalde– las instancias legislativas involucradas darán al proyecto su merecido naufragio, movidas por los clamores mayoritarios. Yo, por mi parte, ofrezco todas mis fuerzas para redimir a mi ciudad de semejantes monstruosidades. ¿Algún otro interesado?

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