Cada semana era un esfuerzo muy grande estar detrás de ella. Me convertí de repente en un espía de las vitrinas de la Droguería Nueva Delhi y de las góndolas de las revistas en el Ley de Unicentro. Y si la pesquisa no funcionaba, a veces aparecía una que otra en una droguería de la 116 con 9.ª y en la Disney de la 92. También los pasos me llevaron hasta la 60 con 9.ª, a la avenida Jiménez con 7.ª, a las librerías del aeropuerto y a un quiosco que era como ir a Disney –no a la droguería– porque eran periódicos, revistas y diarios de todo el mundo, por la 63 con 17.

Cada semana emprendía esa ruta que se podía extender hasta el final del mapa descrito en el primer párrafo o concluía en la primera estación en la que, dichoso, veía con felicidad la pose de gol del Cuqui Silvani, de Rubén Da Silva o la cara desencajada de Puentedura, el arquero de Huracán en segundo plano, mientras que Walter Pico era levantado en andas. Eso, observarla expuesta en el vidrio, era como hacer un gol para ganar un título. Y encontrarla sin tener un peso en el bolsillo para comprarla era como botar un penal en la definición de un mundial.

La cosa se convirtió en vicio al punto de dejar de comer para comprarla porque no era barata: 1500 pesos costaba en 1990 y a mí me daban $500 para el colegio. Gracias a los sacrificios de aquellos días y a los números que debía hacer para comer y comprarla, hoy a mí no me asusta una hipoteca o un crédito de libre inversión. Un día dejó de llegar y fue morir. Hubo que acudir a las viejas compraventas de revistas al lado del Jorge Eliécer Gaitán o cerca a la 18 con 9.ª para encontrar ediciones antiguas que igual olían a nuevo, porque aunque con sus páginas ya repasadas, para mí era sentarse a emprender una nueva aventura.

En el 94 regresó y los costos eran infames: $15.000 –a mí me daban 5000 para la universidad–. Pero seguí detrás de ella siempre: muchos, como Andrés Salcedo, me regalaron varias ediciones antiguas, de esas con la foto coloreada en portada de los años 40 y 50; novias me regalaron algunas ediciones sabiendo que podía cambiarlas a ellas por la revista sin chistar y mi mamá también me acolitó el vicio que se apagó de a poco en el 2002, cuando, con una portada en la que salían los jugadores de Nueva Chicago celebrando un triunfo en el Monumental, donde se anunciaba que ya El Gráfico no sería semanal: ahora la espera debía ser mensual.

Ya ni eso. Ya no estará más en la vitrina de la droguería. El Gráfico dejó de circular. La noticia decretó también la muerte de parte de mi alegría y, por supuesto, la sepultura de quinta hecha a ese blindaje que me hizo soportar la adolescencia dolorosa y la adultez infame por cuenta de sus firmas, sus fotos y sus textos.

Ido El Gráfico, la vejez llegará sin nada con lo que pueda soportarla.

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