En estas fechas de reconciliaciones e indultos me permitiré una confesión: “yo fui uno de los ilusos que votó por nuestro actual alcalde”. No es una inocentada, sino una verdad bochornosa. Y lo que me reste de vida será poco para arrepentirme. Aunque admitirse como un culpable más de este desastroso presente y de esta angustiante perspectiva de futuro acarrea su grado implícito de ‘imperdonabilidad’, como atenuante añadiré que mi yerro no fue el fruto de una mentalidad perversa, sino un producto macabro de mi ingenuidad.

Como muchos, solía creerlo un urbanista brillante. Mi memoria grabó erróneamente la imagen optimista de aquella ciudad de comienzos de milenio y de parques lineales. También el espíritu resignado que entonces nos hizo pensar en una flota de cancerígenos y hacinados Transmillenos como única solución viable de transporte masivo. En algún momento defendí sus bolardos e incluso, con la inconsciencia social propia de quien entonces sumaba poco más de veinte años, creí que desalojar vendedores de las calles era primermundista y valiente. Incluso al ver a mi ex presidente sosteniéndole el megáfono le resté trascendencia, convencido de que semejante alianza con tan nefasto personaje era inocencia política pura.

Hoy, por fortuna, puse reconsiderarlo. Nuestro alcalde representa el ala más retrógrada y peligrosa de la clase dirigente actual. Esa misma que encarnan Vargas Lleras o Trump. No pretendo extenderme en su archiconocida resistencia a los transportes férreos, en su simpatía por el cancerígeno ‘diesel’ o en el metro de juguete que piensa fabricarnos para justificar su retórica aquella de que un bus es igual y hace “prácticamente lo mismo”. Tampoco me detendré en su cinismo, en su arrogancia odiosa ni en la forma sistemática como el propio burgomaestre se ha empeñado en desmentirse o en lanzar absurdos populistas como aquel de la descontaminación absoluta del río Bogotá en ocho años. Mucho menos en su postura extractiva, su antropocentrismo, sus pésimas prácticas de comunicación con la ciudadanía o en su testarudez. Tampoco en la manera como pretende degradar esa carrera Séptima de la que tengo el honor de ser vecino para hacerla troncal, su palabra predilecta.

Pensémoslo: si el alcalde fuese presidente de Colombia o gobernador de Meta instalaría una cancha sintética, una ciclorruta y una troncal alrededor de Caño Cristales, porque según él —lo declaró en un publirreportaje descarado aparecido hace poco— los humedales son “espacios para que la gente los use, no sólo para que una rosca que quiere cuidarlos sean los únicos que vayan allá”. No, alcalde: son para que la ciudad respire y para mantenerlos intocables.

Al final de estos dos insufribles años y el comienzo de estos dos restantes que por cuenta de la manguala en su favor quizá tengamos que aguantarnos, cabe plantear una reflexión: ¿tiene sentido sacrificar la credibilidad de los medios y desacreditar todavía más el aparato institucional de un país para guardarle la espalda a un líder irresponsable? ¿Existe un mínimo de lógica al comprometer el futuro de una ciudad y alterar sus leyes a cambio de tan poco? La conclusión desconsuela. Lo digo como un humilde bogotano más, angustiado por el suelo donde vive: lo más triste del alcalde no es el alcalde mismo, sino el séquito de instituciones, comunicadores, empresarios y políticos que aplauden y encubren sus infamias. Hasta el otro año, si seguimos vivos.

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