Por estos días Bogotá nos ha regalado algunos pretextos para sonreír. El clima es benigno. Hace mucho sol desde que amanece hasta que atardece. El cielo resplandece con este azul tan decembrino y todo parece algo menos triste que siempre. Además, hay quienes no hemos dejado de celebrar desde el domingo. Primero porque, lo había dicho hace una semana, ver a dos equipos capitalinos disputando el título del campeonato nacional de fútbol en esta forma fue una sorpresa inédita, y esperamos que no irrepetible, del destino a la ciudad. Que el par de oncenos bogotanos estén en el podio de los mejores es sin duda un regalo imperecedero y oportuno en estos tiempos de tanta desesperanza. Segundo porque, perdóneseme el sincero ejercicio de la parcialidad, fueron los embajadores quienes se alzaron, aunque una victoria santafereña, lo digo con absoluta honestidad, no me habría molestado para nada. Tercero, y aún más importante, porque en lo personal encuentro reconfortante haber contemplado mi incredulidad y la de muchísimos otros derribada por el tesón de quienes conformaron esa escuadra campeona. Lo anterior devuelve algo de la fe perdida en nuestra capital, tan ávida de pretextos para creer.

Así es, y mal haría en negarlo. Basado en los padecimientos previos tiendo a ser descreído en lo concerniente a esta tierra donde nací y sus progresos físicos y espirituales. Lo mismo me ocurre con los deportivos. Quizás uno va desacostumbrándose a los guiños amigables de la fortuna y lo cierto es que hace mucho los albiazules y la capital parecieran haberla perdido. De tantas decepciones tendemos a protegernos esperando poco. Con este Millonarios lo hice y por suerte me equivoqué. De ahí que a estas horas y dos días después del título aún desperdicie mis horas repitiendo lo mejor de la jornada en el televisor y en YouTube, en parte para alegrarme, pero también para cerciorarme de que todo eso que recuerdo haber visto fue cierto.

Veo fragmentos del partido. Y me conmuevo. Reproduzco las anotaciones a favor y en contra. Veo a Vikonis evocando tras la victoria a su pequeña hija y a su abuelo, ambos fallecidos hace poco. Veo a Duque exponiendo su madurez en pleno ante las preguntas, no siempre sensatas, de la prensa. Veo a Miguel Ángel Russo y a su esposa, sus hijos y su nieto con la voz quebrada frente a los micrófonos. Veo un autobús teñido de azul ondeando banderas, mientras sus tripulantes reciben la gratitud pública representada en toneladas de Maizena.

Y veo todavía más cosas. Veo una ciudad congregada alrededor de un solo y muy noble espectáculo. Veo la posibilidad de sacar recursos de la escasez para devolver su lugar en la historia a una tradición que la merece. Veo a miles de bogotanos y no bogotanos celebrando. En estas eras de frivolidad futbolística, de torneos cortos y victorias fugaces, contaminadas de mercantilismos y también de indolencias, siempre será grato divisar a mi pobre ciudad iluminada de azul esperanza. De un azul puro y real, tan diferente de aquel azul desteñido de la ‘Bogotá mejor para todos’. Así entran deseos de creer otra vez. De suponer que sabremos, como Millonarios, sobreponernos a tantos pasados ignominiosos y tristes, y recuperar algo de la dignidad perdida desde hace mucho por este suelo.

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