Hace algunos meses se desató una polémica no exenta de burlas y sarcasmos de diverso calibre cuando Rosmery Martínez, senadora del Partido Cambio Radical, le otorgó la Orden del Congreso en el Grado de Caballero al célebre estilista y peluquero Norberto Muñoz, “por su loable desempeño como profesional de la belleza, actualizándose constantemente en cuanto a tendencias internacionales y ofreciendo siempre sus servicios con los más altos estándares de belleza y calidad”.

Aunque la congresista en cuestión se refería al difícil arte de los peinados y del corte del cabello, es indudable que Norberto también ha puesto su gran grano de arena en el campo del diseño arquitectónico, pues la sede de su afamado negocio es todo un hito en la localidad de Usaquén.

Ubicada en la esquina de la calle 107 con carrera 18, la peluquería es una edificación blanca de cuatro pisos con acabados y ornamentos que evocan las construcciones típicas de París, que sobresale en un sector donde predomina una arquitectura eficiente y funcional, que en líneas generales es anodina e irrelevante.

Desde hace varios años este palacio de la tijera y del secador llama la atención sobremanera en la temporada de fin de año, puesto que el equipo que trabaja en la peluquería le pone mucho empeño a las decoraciones de Halloween y, sobre todo, de Navidad. Hasta tal punto, que en las noches decembrinas se ha convertido en parada casi que obligada de los peregrinos navideños de toda la ciudad que van en busca de los lugares iluminados para tal fin.

El año pasado se lanzaron con una decoración que cubría toda la enorme fachada y que evocaba la catedral de Milán. En esta Navidad la decoración ha sido más sencilla, la componen una serie de figuras a escala humana de diversas épocas, entre estas unos gondoleros de Venecia, una pareja de cortesanos franceses (o de pronto reyes) del siglo XVIII, Barack Obama, un policía londinense y el Tío Sam. Las palmeras que bordean los dos andenes han sido iluminadas, así como ciertos puntos de la blanca fachada.

Dejando de lado las consideraciones estéticas (entre gustos no hay disgustos), merece la pena destacarse el empeño que le pone Norberto al espíritu de la Navidad. Cada año intenta salir con algo novedoso, que sorprenda. Engalanar sus instalaciones no le va a aumentar la clientela, así que se le abona su esfuerzo. Además, en cada Halloween y en cada Navidad nos hace creer, así sea por una décima de segundo, que el castillo de la Tierra de la Fantasía está a dos cuadras del río Molinos.

Feliz Navidad.

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