Llámenme provinciano, oportunista o centralista. Pero he disfrutado en forma considerable con la llegada de las dos escuadras bogotanas a la competencia final de la liga colombiana de fútbol. No es cuestión de orgullos regionales. Tampoco veo la necesidad de que Bogotá rebase los logros de todas las demás ciudades del país ni creo en el odioso concepto de la supremacía capitalina como exigencia. No me mueven resentimientos del tipo: “¿sí ven que los rolos también podemos?” o “los cachacos al poder”. Opino que a cada plaza le asiste el derecho de brillar a su turno y que Bogotá aguardó por el suyo durante demasiado tiempo como para no permitirse degustarlo.

Supongo que tanto quienes tienen sangre cardenal como quienes la tenemos albiazul no dejaremos de festejarlo mientras podamos. Visualizar a Bogotá como sede única de la serie definitiva del rentado local pareciera un escenario inédito. En particular desde la creación del embeleco facilista y comercial aquel de los ‘torneos cortos’. Ver a Millonarios y a Santa Fe ocupando el par de renglones más importantes del balompié nacional es un privilegio que no recuerdo haber experimentado antes en mis cuatro décadas y un año de vida. Haber tenido la fortuna generacional de presenciarlo es una gentileza de la suerte. Infla el maltrecho ego de la ciudad.

Sobre todo cuando por años fue haciendo escuela el mito del bogotano como deportista ‘pechofrío’ y de Bogotá como un reducto atléticamente relegado, por cuenta de una dirigencia irresponsable y de la presunta flojera de sus gentes. ¡Qué parecidos los males de nuestro fútbol a los de nuestra urbe! Cómo olvidar los ayunos de Santafé y Millonarios a partir de 1975 y de 1988, respectivamente. No siempre fue así: que yo recuerde, El Campín constituyó por años el más temido de los fortines futbolísticos de Colombia. Bogotá fue, incluso, cuna de fenómenos como Ernesto Díaz y epicentro de El Dorado. Hasta los 80, entre Millonarios y Santa Fe sumaban el mayor número de títulos locales acumulados por población alguna. Medellín y el Valle del Cauca deben haber rebasado aquella marca hace mucho. No más una semana atrás me enteré, vean lo desactualizado, que Atlético Nacional ya va por la estrella 17. ¿A qué hora, cuando en mis tiempos un título tomaba dos semestres y al torneo lo llamaban Copa Mustang?

Al final, incluso yo, un diletante desinformado en tales cuestiones, me declaro complacido con la fugacidad de este presente. Lo dice alguien que ni siquiera se acoge al mínimo canon de ver al rival de plaza como enemigo. Santa Fe no me provoca animadversión alguna. Lo acojo con toda fraternidad regional y aunque siempre espero que Millonarios se alce victorioso, cuando estos no se hallan en la disputa, me alegro con cada éxito rojo. Otra cosa será, Alberto Salcedo Ramos me lo profetizó en un avión, cuando tal como ya casi ocurre el Expreso Rojo se acerque amenazante al número de estrellas embajadoras. Como ese, por ahora, no es el caso, solo me resta aplaudir este episodio excepcional vivido por mi villa natal, agradecer al destino, por cuya disposición la vida me alcanzó para presenciarlo, y enviar mi saludo iluso a quienes creemos que, pese a todo, a Bogotá todavía le quedan razones para sobreponerse, creer y obstinarse en sonreír. Y que, por una vez, ganará quien lo merezca.

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