Por primera vez lo confesaré públicamente: más que cualquier otra cosa soy un completo inseguro. Tanto así que he contemplado fundar la Asociación Internacional de Inseguros Anónimos. Aunque, la verdad, no estoy seguro de que sea buena idea. Espero no se me malentienda: mi condición no es el fruto de una vida vivida entre la estrechez o el maltrato, ni de traumas infantiles. Es simple e innata inseguridad. En cualquier caso, con absoluta seguridad pertenezco a la estirpe de quienes tenemos en la incertidumbre la mayor de nuestras certezas.

Me siento seguro, eso sí, de no ser el único y también de que en derredor hay muchos otros inseguros, tan o más inseguros que yo, bien sean de clóset o confesos. Mi inseguridad toca en forma dramática cada esfera de mi existencia: cuando salgo de mi hogar, temo dejar la puerta abierta y le pongo doble seguro. Antes de salir, verifico que el gas esté cerrado… no vaya a ser yo el seguro responsable de un casi seguro incendio. Jamás reviso el saldo de mi cuenta bancaria, seguro de deprimirme en caso de conocerlo. Soy inseguro motrizmente y por tal razón todo tiende a regárseme o rompérseme. Ni hablar de mi aspecto físico o del poco éxito romántico del que adolecí hasta muy entrada mi adultez, de seguro por causa de dicha inseguridad.

En años escolares me tardaba mucho resolviendo problemas matemáticos, pues con tanta inseguridad encima, verificaba las operaciones numéricas hasta el cansancio. En la universidad me costaba participar en clases o mostrar lo que creaba. Desde entonces y hasta hoy me despista el pésimo consejo aquel de ‘sólo sé tú mismo’, porque si de algo estoy seguro es de que no estoy seguro de quién soy.

Como todo buen inseguro, he aprendido a fabricarme mis caretas y mis falsas vanidades, que algunos insensatos, acostumbrados a juzgar por la superficie, toman por arrogancias. La gente no comprende a los inseguros y suele malinterpretarlos. De hecho hay quienes jamás se imaginarían lo inseguro que soy, pues compenso mis inseguridades con cierta facilidad verbal que la naturaleza, Dios o el azar –no estoy seguro de quién– me obsequiaron. Por si no lo sabían, muchos ególatras no somos más que inseguros enmascarados.

No tengo seguridad de que dicha inseguridad sea por completo mala. El ser inseguro me lleva a esforzarme el cuádruple en cualquier empresa y a tratar de hacer todo exageradamente bien, en busca de aprobación. Al ser inseguro, corrijo lo que hago un millón de veces y ello ha potenciado en mí cierto perfeccionismo que no me molesta. Siento que para agradar a los demás debo ser en extremo amable y eso me ha llevado a profesar la cordialidad por principio. También, por empatía pura, a solidarizarme con las inseguridades ajenas. Es mi inseguridad, fíjense ustedes, la que no ha permitido que mis escasos destellos de buena fortuna se me hayan subido a la cabeza.

Por ello, al final, no me preocupa ser inseguro. Y tan seguro estoy de eso que puedo verbalizarlo sin inseguridad alguna: soy un absoluto inseguro. Pero incluso para los inseguros como yo hay seguro un lugar en el mundo. Ténganlo todos por seguro. Y si acaso se ponen inseguros, no duden en encontrar en mí un seguro apoyo. Nos leemos el otro martes, con toda inseguridad.

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