Habitualmente nos quejamos porque no somos felices, porque nos falta algo que nos permita estar plenamente bien, o porque sobra algo en nuestras vidas; pasamos mucho tiempo de nuestra existencia en un constante estado de insatisfacción, o en el peor de los casos, de conformismo. Pocas veces nos detenemos a mirar qué es lo que pasa, qué es eso que estamos dejando pasar por alto, mientras damos vueltas en círculos llenándonos de puntos ciegos que no nos dejan ver la salida que necesitamos, básicamente porque queremos que todo sea diferente pero sin salir de nuestra zona de confort, sin cambiar.

Sin cambio no hay crecimiento, evolución, desarrollo ni mucho menos plenitud; lo que no cambia, muere, y eso hace parte de la evolución de la vida misma. No podemos huir de la felicidad que nos merecemos simplemente porque no se presenta de la manera a la que estamos acostumbrados, no podemos negarnos a la posibilidad de lo nuevo porque al hacerlo nos estamos negando a nuestra propia vida, a las oportunidades que esta nos ofrece y a todo aquello que podría llegar a ser. Vivir una vida sin riesgos no es vivir, es ver morir el tiempo.

Cada situación que se nos presenta, cada persona con la que nos cruzamos, representa una lección de la cual podemos aprender. Obviamente hay unas mejores que otras, pero independientemente de ello, no podemos dejar de aprender y vivir simplemente por el miedo que tenemos para arriesgarnos y descubrir una manera diferente de ver, sentir y hacer las cosas. Nuestro mayor enemigo es el miedo que tenemos de descubrirnos a nosotros mismos.

Somos felices por naturaleza, al menos esa es la idea que he tratado de dejar clara en mi libro 50 reflexiones para ser feliz, pero para llegar a descubrirlo, aceptarlo y asumirlo, requiere una gran cuota de valor. Ese valor que nos impulsa a tomar riesgos, para tratar de vivir la vida de diferentes maneras, aceptar que hay toda una realidad más allá de nuestros miedos y prejuicios, de lo que creemos es bueno o malo, preestablecido o correcto. Con esto no quiero decir que debamos entregarnos a la anarquía, pero sí abrir nuestra mente a una realidad diferente y eso la hace interesante, no mejor o peor, eso lo define cada uno.

Si no asumimos nuevos retos, nunca podremos llegar a donde queremos estar, tener lo que deseamos o sentirnos como más lo anhelamos; la pérdida no es el resultado de una apuesta, sino la consecuencia de no haber apostado. La vida se encarga de enseñarnos el camino de las maneras más curiosas, y las oportunidades no siempre se presentarán en el contexto que quisiéramos, pero siempre estaremos en el lugar indicado para aprender lo debido. Y si todo tiene una razón de ser –cosa que creo firmemente–, tal vez lo que necesitamos no es tener más valor para arriesgarnos y apostarle al cambio, sino ser menos testarudos para comprender que si tenemos la mente lo suficientemente abierta, todo resultado a la apuesta que hagamos será siempre una victoria.

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