Las acciones y decisiones nos definen. Mientras en un reino muy, muy lejano (dentro del país), algunos caballeros de la educación con ‘rabo de paja’ opinaron esta semana sobre rigurosidad periodística cuando se acusa a gobernantes o no preparan sus lecciones, otras personas, en el mismo reino, le apostaron a apoyar una iniciativa como #RestaurantesContraElHambre, que busca promover proyectos de soberanía alimentaria en regiones de Colombia.

Les voy a contar una historia de ficción con elementos de realidad (cualquier parecido con su reino, es pura coincidencia). Paola es una princesa de la educación que no conoce la campaña de Restaurantes contra el hambre, por eso, en lugar de vincularse a esta –y conocer qué restaurantes destinan algo de dinero a la iniciativa y que, en los últimos cinco años, han tratado a dos millones de niños con desnutrición aguda–, prefiere entablar un debate sobre lo que es el periodismo de investigación, instar para censurar una noticia, pedirle a un periodista que revele fuentes anónimas y luego dar cátedra del buen oficio.

Restaurantes contra el hambre no es solo un proyecto que desconoce Paola, sino muchas de las personas que viven en Colombia. A veces, una pequeña acción, como escoger un restaurante para almorzar o cenar y ordenar el plato de la campaña, puede significar que una comunidad logre ser autosuficiente y próspera, al punto de acabar con el hambre de su población más vulnerable: los niños.

¿Cómo crear un proyecto de seguridad alimentaria? ¿Cómo colaborar a la nutrición y a la salud del país en el que se vive? Paola y los demás ciudadanos que están en Colombia o en regiones muy, muy lejanas deberían poner todas sus energías, no en callar las voces con el poder que tienen, sino en promover que cada vez más personas construyan país. Que se preocupen más por las problemáticas de las comunidades y de paso aprendan, con pedagogía, cómo hacer periodismo de investigación. 

Ahora, para mí es claro que esta columna tiene un problema de estructura. Quiero, en primer lugar, decirle a la gente que hay una campaña de la ONG Acción contra el Hambre, en la que se puede ayudar a cientos de personas; en segundo lugar, tocar un tema que me preocupa y que surgió esta semana en un lugar muy, muy lejano, donde habitan ewoks y se censuró una noticia. Allí, muchos se vistieron de periodistas rigurosos, que aprovecharon la primera oportunidad para señalar errores y buscar culpables, pero nunca aconsejar, educar o buscar soluciones.

Por fortuna, en ese lugar muy, muy lejano también habitan personas que ante la polémica de la censura, decidieron debatir, hablar, cuestionarse a sí mismos y analizar: ¿cuántas fuentes se utilizaron en la nota con la que se nos acusa? ¿Es el título el más adecuado? ¿Habría podido ser más riguroso el informe? ¿Qué le podemos responder a nuestros lectores? Y como en un cuento de final feliz, el rey de ese lugar muy, muy lejano, demostró que se puede respetar la libertad de expresión y que no hay que censurar a periodistas, sino entrar a debatir sobre la pertinencia de una nota y hablar sin tapujos sobre temas incómodos. 

Los habitantes del reino muy, muy lejano y los otros habitantes de Colombia deberían armar un debate respetuoso en torno a #RestaurantesContraElHambre, mientras se apoya una iniciativa para empoderar una comunidad de Colombia en algo tan importante como lo es la soberanía alimentaria.

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