Por el título de la columna podría pensarse que está dedicada al Rialto, al puente de los Suspiros, al de Lucerna… Pero no. Este es un pequeño homenaje a esos puentes de metal y concreto que aún sobreviven en varios de los ríos canalizados de la ciudad. Se les puede ver en la calles 134 y 127, en la Avenida 19, en la avenida calle 3 o en la Boyacá; sin dejar de lado algunas vías-parque como el río Molinos, el parque del barrio Belalcázar o del Virrey.

Los denomino románticos porque, a pesar de ser la mayor parte de las veces poco agraciados, son un testimonio, muchas veces gris y herrumbroso, de la Bogotá de hace 50 años. Testimonios tan valiosos como pueden llegar a serlo edificios y casas notables de aquellos tiempos, que aún permanecen de pie.

Son puentes muy humildes. Cuentan con el mínimo de elementos de seguridad para que una persona pueda cruzarlos. Si acaso un ciclista. Jamás he visto en ellos una moto. No sabría decir si estas caben en ellos. Sus estructuras, por lo general, pasan inadvertidas pero nos hablan de una ciudad que era muy diferente a la de hoy, cuando los construyeron. Nos hablan de calles de barrios periféricos, muchos de ellos rodeados de potreros y fincas, porque la ciudad como tal terminaba en el Primer puente, es decir, en la calle 100. A quienes vivían más al norte se les acusaba por residir al sur de Tunja.

Esas avenidas, que hoy son estrechas e insuficientes, en aquellos tiempos parecían amplísimas alamedas sobredimensionadas. Por esas calles con río canalizado pasaba un carro cada cinco o 10 minutos. Era una época en la que tener automóvil era un lujo, y para aquellas familias que podían costearlo les bastaba con un solo, por lo general un modelo de 10, 15 o hasta 20 años de antigüedad. Estos eran barrios y urbanizaciones de casas de uno o dos pisos, con edificios de tres o cuatro, donde los había. Así, las personas podían cruzar esas avenidas sin ningún peligro, y estos puentes les permitían atravesar los ríos canalizados.

Salvo aquellos que están en vías-parque, hoy día estos puentes son un anacronismo. Las antiguas calles de barrio que llevaban a casas aisladas unas de otras por lotes sin construir, hoy son vías arterias con un muy denso tráfico vehicular. Para usarlas, los peatones deben, literalmente, lanzarse a los carros. O esperar que se forme un trancón que permita atravesar la vía sin correr peligro alguno.

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