Se podrían llenar libros sobre la historia del metro en Bogotá. El que no existe, obvio. Desde su inminente construcción, desde hace aproximadamente medio siglo, hasta cómo nos hemos acostumbrado a que TransMilenio haga lo mismo, pero siendo más barato. Debates políticos, dilemas ambientalistas, análisis económicos, el tema da para todo. Y si nos ponemos a comparar con otras ciudades, no del mundo, sino de la región, es casi ridículo que no tengamos metro. Quito, que es como la cuarta parte de Bogotá, está construyendo ya el suyo.

Y aunque parece que esta vez sí vamos a tener uno, la posición de Peñalosa al respecto siempre me ha confundido, y eso que me considero un votante medianamente informado. Alguna vez dijo que no se podía hacer metro en Bogotá, mientras que Samuel Moreno, su rival por la alcaldía en ese entonces, dijo lo contrario y ganó las elecciones. Luego cambió de posición y lo vio con buenos ojos, para luego volver a defender a TransMilenio. Después volvió al metro, pero ha oscilado entre el subterráneo y el elevado, modelos que ha criticado o alabado según la marea política, su estado de ánimo, los consejos de los expertos o las cotizaciones que llegan. Ya parece que será elevado y que así nos fuimos, pero vaya uno a saber, porque según las últimas informaciones, hay plata para construirlo, pero no hay estudios que lo avalen.

Ahora leo que ya empezaron los estudios y los diseños de las nuevas troncales de TransMilenio en la avenida 68 y la avenida Ciudad de Cali, todo por un valor de 36.000 millones de pesos. Eso, sumado al anuncio sobre el tren ligero y que estará listo en 2021 para unir a Facatativá con el centro de la ciudad. Y está bien, todo lo que sea para mejorar el transporte público de Bogotá es bienvenido, pero con metro a bordo. Sin esa vaina, moverse acá seguirá siendo un caos (y con metro también, pero al menos tendremos otra opción).

Existen dos factores obvios dentro de lo que se le puede criticar a TransMilenio y al Sitp en general. El primero es que tener corredores exclusivos para estos dos sistemas con semáforos cada 80 metros o menos hace que la vaina no fluya, y ahí sí el metro es tremendamente más rápido. El segundo es que muy TransMilenio y muy Sitp, pero esa gente se sigue pasando los semáforos en rojo y bloqueando las intersecciones como cualquier camionero de vereda, con el perdón de los camioneros y de las veredas.

Es que no puede ser que conductores y vehículos que representan al Distrito, que están para servir y hacer de la ciudad un lugar mejor, la vuelvan más invivible. Ya de por sí da rabia cuando un carro particular, ahí sí nada de camiones de vereda, se pasa el semáforo cuando no toca. Rojo o verde, da la misma, les basta una sola imprudencia para bloquear dos calles, y encima quien maneja pone cara, cuando la pone, de “esto no es conmigo”.

Entonces es peor si pasa con los conductores de buses distritales, que no solo tienen una mayor responsabilidad, sino que manejan vehículos tres veces más grandes. Pero esto les tiene sin cuidado, siguen sintiendo que la vía es de ellos y que los demás tienen que esperar. La Alcaldía o el departamento responsable de esto tendría que solucionar el problema y sancionar a quien lo hace. Mejor eso que obviar las faltas, que es lo que hacen los policías que las presencian.

Esto no pasaría con el metro, y solo por eso ya hay punto a favor suyo. Eso sí, hay que aprender a caminar para después correr, y si no somos capaces de respetar un semáforo, quizá no nos merecemos soluciones más avanzadas.

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