Por primera vez y luego de muchas décadas de repetir el mismo círculo vicioso, Colombia tiene la oportunidad única de cambiar el rumbo de su historia tras la firma de unos acuerdos de paz, imperfectos como tantos otros, pero acaso ¿qué pareja por ejemplo, tras una discusión, ha terminado divinamente bien y con las dos partes igual de felices? Ha sido un círculo vicioso porque se repite cíclicamente el mismo perfil de quienes aparentan tener el poder, de quienes lo ejercen y quienes lo sufren; el mismo ciclo de problemas sociales, inconformidades, quejas y denuncias como si alguien las sacara de un archivo para desempolvarlas cada tanto.

Y ahora, cuando existe una oportunidad para cambiar la historia de todo lo que vivimos y todo lo que seremos como país, se empieza a hacer tangible una realidad que siempre había estado presente pero que habíamos ignorado por completo: el verdadero conflicto no está en los grupos que lo fomentan, ni en lo que muestran los noticieros, está en el subconsciente de toda una sociedad que se acostumbró tanto a la guerra que la hizo parte de su vida.

Muchos han dicho que Colombia es un “buen vividero”, lo cual resulta paradójico, dado que curiosamente ante la más mínima provocación la mayoría de personas se quieren matar unas con otras, ya sea por diferencias sociales, de “ideología” política (sí, entre comillas porque difícilmente hay quienes tengan una libre de contradicción), de carácter deportivo, si les parece mejor el vallenato o el reguetón, sobre la visión de la religión, o sobre quién tiene y no tiene derechos.

Nadie sigue siendo el mismo luego de un conflicto, bien sea a pequeña escala como lo que podemos llegar a vivir a diario con quienes nos rodean, o a gran escala como el que se ha colado durante generaciones en países como Colombia. Siempre queda el dolor de lo vivido, de lo dicho y no dicho, de lo que se dejó de hacer, el dolor que causa la ira, del ego y orgullo golpeados; pero también pueden quedar lecciones que nos ayuden a ser más grandes y más fuertes, pero sobre todo, a ser mejores.

A lo que voy es que cada conflicto nos presenta una oportunidad en donde cada uno de nosotros puede elegir libremente el camino que quiera transitar. Podemos optar por aprender de lo vivido, adaptarnos para ser mejores y darle la oportunidad a nuestra contraparte de hacernos más fuertes a través del perdón; o podemos hacernos los de la vista gorda y esperar a que el tiempo haga su trabajo, para luego guiarnos a repetir un episodio similar pero de mayor magnitud, porque cuando no queremos aprender una lección, la vida nos la devuelve multiplicada.

Podríamos encerrarnos en nuestra visión de la vida y de las cosas, pero jamás podremos ser dueños de la verdad absoluta, y la única manera medianamente razonable de acercarnos a eso, es entender que los puntos de vista de los demás son tan válidos y valiosos como el nuestro. Que nos gusten o no es otra historia, nadie nos obliga a compartirlos, pero sí deberíamos tratar de hacerlo todo por respetarlos, ya que ese respeto que damos es el que merecemos, y cuando empecemos a actuar de dicha manera, podremos realmente empezar a superar el conflicto que tenemos con nosotros mismos y que se traduce en todo lo que nos rodea.

 

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