Solo una minoría de privilegiados comprende la relevancia inherente a un huevo duro, y por lo tanto, se muestra capaz de apreciarlo en toda la grandeza y complejidad de sus dimensiones y variables. El huevo duro es un cuerpo curvilíneo, con su contenido solidificado y revestido por una coraza amarilla, blanca o jaspeada, elevado a alimento popular gracias a la gula humana. Pero hay más: para que un huevo duro sea verdaderamente duro y que ningún purista venga a degradarlo o a suplantarlo con imitaciones, todo huevo duro debe estar mucho más duro que su hermano blando… el huevo tibio, también suculento. Lo anterior demanda, desde luego, un cálculo preciso con respecto a su tiempo y su temperatura de cocción. Así las cosas, nada peor que un asomo de blandeza en un pretendido huevo duro.

Algo tan delicado como un huevo duro no consiente términos medianos ni tibiezas. Se trata de un asunto científico, de química y física elementales: el tiempo de cocción del huevo duro depende de la altura, la temperatura y de otros factores exógenos, casi siempre inmanejables y aleatorios. De una conexión numerológica y científica del comestible con el cosmos. O se es huevo duro o se es huevo tibio. Toda instancia intermedia resulta profana.

Mi relación con los huevos duros está tapizada de ambigüedades. Como muchos representantes de nuestra clase media, en algún momento temprano de mi existencia profesé un fastidio aprendido por el huevo duro. En mi ignorancia manifesté ciertos estereotipos elitistas y desde mi ruta de colegio abogué por la criminalización de su porte en loncheras, al considerarlo una etiqueta social de pésimo gusto. Para mi deshonra, hasta llegué a denigrar de aquellos condiscípulos cuyos padres o acudientes incluyeran huevos duros como insumos nutricionales dentro de su dieta escolar. Y me mofé de quienes en contextos estudiantiles o laborales, despreocupados del señalamiento colectivo, osaran incorporar uno o dos, pelados o sin pelar, dentro del portacomidas.

Hasta aventuré paralelos absurdos al equiparar ciertos yacimientos infectos de agua o represas malolientes con huevos duros. Si iba por el Salto del Tequendama, igualaba el perfume de su torrente azufrado con el de los huevos duros que ciertos amigos míos habían traído al paseo. En suma fui, lo admito, de quienes en era escolar hallaron en los huevos duros ajenos un pretexto para ejercitar el ruin ejercicio del bullying, incluso antes de que tal dinámica tuviera nombre entre los hispanohablantes.

Pero ya maduro y con el prejuicio superado lo digo sin pudor: el huevo duro es un acompañante nutritivo excepcional. Los hechos lo comprueban: empanada colombiana sin huevo duro no es del todo empanada. Figuras icónicas como el gran Humpty Dumpty o el mismísimo Huevoduro de Condorito germinaron gracias a este. Por eso, desde mi humilde ovolactovetegarianismo y sin que me patrocine gremio alguno, hoy puedo declararme fanático y defensor irrestricto del huevo duro en arroces, picado en guacamoles, en menús de pícnics, emparedados y hasta en los advenedizos huevos de pascua que ahora adornan centros comerciales. En concordancia con lo expuesto y aunque para muchos la presente columna siga, en palabras muy vulgares, “teniendo huevo”, considero de rigor reivindicar la posición salvadora del huevo duro como un emblema nutricional de excepción. Y espero que así sea hasta el fin de los huevos. ¡Hasta el otro huevo!

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