Todos padecemos fijaciones irracionales e inconfesables. Yo, por ejemplo, abomino las chanclas, chancletas, sandalias y cualquier otra modalidad de calzado afín, con excepción de cotizas, babuchas, pantuflas y de aquellas otras que por fortuna cubren la punta de las extremidades inferiores. En cuanto al resto, las hallo antagónicas a los conceptos de elegancia, higiene, pudor y decoro. Sonará demencial, pero si mi interlocutor trae unas puestas evito mirar hacia abajo, dado que un solo vistazo me asquea.

Por adelantado ruego excusas: al tratarse de una fijación, mi postura está fundamentada en desvaríos que no pretenden discriminar a los usuarios frecuentes de dichas prendas. La sola pronunciación de los mencionados vocablos –‘chancla’ y ‘chancleta’–, dos de los más horrendos términos castellanos existentes, consigue suscitarme náuseas. Oírlas repicar contra el pavimento en la mañana basta para arruinarme el desayuno. El asunto ameritaría décadas de terapia y psicoanálisis: si voy al mar, a zonas húmedas o a piscinas, me cercioro, por norma, de llevar zapatos playeros discretos tipo mocasín.

Mi patología alcanza visos sexistas: si bien preferiría que todos –damas, caballeros y demás variables– evitaran lucirlas, me permito adivinar cierto sex appeal indulgente en estas cuando las llevan mujeres agraciadas, mas no soporto cuando son caballeros de piernas vellosas quienes osan portarlas. Creo que los únicos machos a quienes se las tolero son el bueno de Condorito y San Francisco de Asís. De ahí mi molestia confesa hacia aquellos vikingos u oriundos de Europa del Este que sin recato alguno van por ahí pisoteando y profanando las calles empedradas de La Candelaria con sus patas y talones color yema de huevo, cual si estuviésemos en Barrancabermeja o en Carmen de Apicalá.

Ahora bien, y al margen de lo anterior, desconocer las implicaciones socioculturales de la chancla y la chancleta en contextos como este sería negar lo evidente. Las chanclas constituyen emblemas patrios que trascienden fronteras y generaciones. Consideremos aquella vertiente vacacional tan autóctona conocida como ‘turismo chancleta’ y a sus feligreses… los entrañables ‘chancleteros’, que armados de flotadores y ungüentos para broncearse pueblan los balnearios diseminados a lo largo del territorio nacional. Tampoco olvidemos su relevancia como unidades de medida a la hora de ilustrar el concepto de velocidad. No en vano se les invoca para infundir vigor a choferes de autobuses, taxistas y conductores privados cuando los pasajeros en pleno solicitan al hombre al mando “meterle chancleta al acelerador”. Incluso existe una especie de cántico típico de ruta escolar a propósito de tal situación: “señor chofer… más velocidad… ¡hunda la chancleta y verá cómo nos va!”.

Por demás, la chancla ha sido una herramienta invaluable entre nuestras gentes cuando de impartir disciplina se trata. ¡Cuántos compatriotas en edad infantil no soportaron o siguen teniendo que soportar en eras pretéritas o recientes una seguidilla de golpes ejemplarizantes asestados con una de las chancletas bien enfiladas de su progenitora en alguna zona de su amoratada anatomía! ¡Cuántos cocineros no han visto cuestionada su idoneidad cuando algún comensal tilda sus filetes de ‘chancletas’!

Culmino estas líneas ociosas con una reflexión, que más que reflexión es súplica… ¿alguno de ustedes se atreve a aventurar una teoría razonable con respecto a semejante tara mental ‘antichancletística’, tan afincada en mi cerebro? O, mejor… ¿padecerá alguien por ahí de cierta fobia semejante? Mi alma atribulada se aliviaría al no saberme solo.

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