Quizá no exista nadie como Dora Mejía para preparar el sancocho de gallina culpable de que, cada domingo, decenas de familias viajen hasta el corregimiento de Felidia para almorzar una delicia que poco se consigue en las ciudades: cocinado a fuego lento, en leña y condimentado a punta de hierbas, los 25 años de tradición que tiene este plato en manos de Dora confirman que no se trata de ningún experimento reciente.

En una casa esquinera de paredes azules, a un costado de la plaza central, Dora conoció la magia de la cocina gracias a su mamá Evangelina. Por eso es el nombre del negocio, ‘Fritanga Eva’, y por eso aún se ofrece lo que la doña preparaba hasta hace un tiempo antes de retirarse por asuntos de salud. Bofe, papas rellenas, empanadas, aborrajados y marranitas hacen parte del menú de lunes a domingo.

A 40 minutos de Cali saliendo por el oeste, Felidia es un lugar para detenerse a disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Se pueden observar las aves que en su viaje desde la cordillera occidental cruzan el cielo y se posan en los árboles, probar alguno de los postres que se ofrecen los fines de semana en tiendas rodantes, escuchar a los abuelos que se reúnen en el pueblo a contar historias o simplemente sentarse y disfrutar la brisa que baja de la montaña.   

La mayoría de negocios ubicados alrededor de la plaza confirman que este lugar está siempre dispuesto a saciar los antojos de los turistas. Desde sancochos de gallina hasta pescados fritos, pasando por todo tipo de chuletas, asados, panes, helados y tortas, los restaurantes y panaderías ofrecen múltiples opciones a los visitantes que viajan desde veredas, corregimientos y hasta otras ciudades del Valle del Cauca.

A cinco minutos en carro o a unos 30 caminando desde la iglesia, el río Felidia es otro de los atractivos turísticos.  Con un agua tan fría como la que sale del congelador luego de haber pasado allí media hora, sus enormes rocas forman piscinas y trampolines para los niños que con grandes saltos se bañan de felicidad. Alrededor, mariposas revoloteando con todos los colores del mundo en sus alas. Y como banda sonora, el canto de las aves y el agua que corre.

Después de las cuatro de la tarde, la neblina empieza a cubrir los picos más altos de las montañas y entonces es el momento justo para vestir un saco o una bufanda.  En la noche, los visitantes pueden quedarse en alguno de los bares con oferta crossover, jugar una mano de billar en ‘El Olimpo’ o descansar en alguna de las cabañas de alquiler en medio del bosque.


Felidia hace parte de ‘La vuelta de occidente’, ruta turística que involucra a otros cuatro corregimientos: Los Andes, La Leonera, El Saladito y Pichindé. En todos, el turismo de naturaleza es uno de los principales atractivos.


Si hay algo que no pasa desapercibido ante los ojos de quienes atraviesan la plaza central es un monumento con tres aviones que simulan el vuelo sostenidos con varillas. Esculpida por Diego Pombo y puesta allí hace dos años, esta obra conmemora el fallecimiento de siete tripulantes cubanos que se movilizaban en tres aviones que cayeron cerca del corregimiento por un accidente aéreo.

En 1937, las aeronaves bautizadas como ‘La Niña’, ‘La Pinta’ y ‘La Santa María’ estaban siguiendo la ruta de Cristóbal Colón para recoger ayudas humanitarias, periplo que se interrumpió con el accidente. Vecinos recogieron los cuerpos de la tripulación para entregarlos a las autoridades. El gobierno cubano, en forma de agradecimiento y al ver que no existía un centro de educación en la zona, donó la escuela República de Cuba en el año 1944, institución que aún presta servicio.

La señora Carmen Mejía, quien ha vivido sus 70 años en Felidia, recuerda que el accidente de los cubanos trajo otras bendiciones aparte de la escuela. Durante varias navidades, los familiares de los pilotos visitaban el corregimiento con regalos para los niños. El que más le gustó a ella fue una ciudad de hierro que alguna vez recibió. Y a su hermana, un kit para tejer que le duró pocas horas.


Para llegar a Felidia en transporte público, los buses o las chivas se abordan en la Calle 10 con Carrera 10. Salen todos los días desde las 7:00 a.m. hasta las 8:00 p.m. y el pasaje cuesta $2.400.


Pero más adelante todo dejó de ser tan bonito como aquellos diciembres con regalos por montones. En la década de los 90, la guerrilla empezó a abrir rutas y a apropiarse de fincas, lo que no les dejó otra opción a varios propietarios que entregar sus terrenos para salvar a sus familias. Felidia era puro miedo. Después, la construcción del Batallón de Alta Montaña y los acuerdos del cese al fuego hicieron que volviera poco a poco la tranquilidad.

También volvieron algunos dueños de fincas que habían tenido que desplazarse a otros municipios, y volvieron los turistas y volvieron los domingos en la plaza sin balas ni hostigamiento. Volvió la paz. Paz es lo que se respira ahora en Felidia, ese paraíso en medio de la montaña.

Dora Mejía lleva 25 años cocinando cada domingo el que muchos dicen que es el mejor sancocho de Felidia. Su secreto: hacerlo en leña y con bastante amor. / Foto: Lina Uribe
Una casa azul, esquinera, de una planta y con techo de zinc es el punto de encuentro para los comensales. / Foto: Lina Uribe
En la plaza central, el monumento ‘Las naves del almirante’ conmemora el accidente aéreo ocurrido en 1937. / Foto: Lina Uribe
Los fines de semana, el río Felidia se llena de familias que se bañan en pura felicidad. / Foto: Lina Uribe
Los fines de semana, el río Felidia se llena de familias que se bañan en pura felicidad. / Foto: Lina Uribe
En la tarde, el paisaje se empieza a cubrir con la neblina. / Foto: Lina Uribe
Incrustada en plena cordillera occidental, en los linderos del Parque Nacional Natural Farallones de Cali, Felidia es dueña de una frescura inigualable. / Foto: Lina Uribe
Incrustada en plena cordillera occidental, en los linderos del Parque Nacional Natural Farallones de Cali, Felidia es dueña de una frescura inigualable. / Foto: Lina Uribe
En 1944, el gobierno cubano donó esta escuela como agradecimiento a los habitantes por haber recogido los restos de la tripulación tras el accidente aéreo de 1937. / Foto: Lina Uribe

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