La Lucha de las artes marciales por ser un deporte

Por Juan Pablo Pino/ Publimetro

“Por favor los competidores a este lado y el público a este otro. Le pedimos el favor a los competidores de que conforme los vamos llamando pasen aquí por un refrigerio” grita Andrés Gómez ante cerca de 20 luchadores de artes marciales mixtas y algo de público que iba llegando. Eran casi las 5 de la tarde. Los luchadores venían, algunos del trabajo, otros de zonas como Caquetá y el Eje Cafetero, y otros de obligaciones personales. Se quitaban los zapatos, se bajaban los pantalones en público, se ponían los protectores de la entrepierna y se sentaban en un banco a esperar que algún experto les vendara las manos.

Patadas van y vienen, hombres en calzoncillos toman gaseosa con pan mientras caminan por el gimnasio, empieza a oler a pomadas, a sudor, a calentamiento. Cuando son casi las seis se abren las puertas al público que camina entre los competidores. “Bienvenidos a todos, a las 6 empezamos el evento” vuelve a gritar Andrés.

Ocurre en el gimnasio Kratos MMA Fight Club, al norte de Bogotá. Es un torneo de artes marciales mixtas amateur organizado por Andrés. Las artes marciales mixtas luchan por ganar su espacio y ser reconocidas como un deporte. Mientras tanto, según Andrés Gómez “son un deporte show, aunque no solo es un deporte show, también hay un proceso de mínimo tres meses de entrenamiento”.

Este es un torneo de fogueo. Es un espacio en el que se busca que aquellos que se aficionan por este deporte vayan formando una red cada vez más fuerte y hagan entender al público que las artes marciales mixtas no son un tema callejero, es también un deporte. “La gente cree que esto es pelea de calle, aquí hay gente de muy bajos recursos. Pero también hay universitarios, hay licenciados en Educación Física que luchan muy bien. Hay profesionales como Carlos Mollano que es uno de los peleadores top en Colombia, o Jhon Sárate que ahora es un boom publictario, es uno de los pocos que tiene patrocinadores, gente que le está apostando a esto. Ellos se van convirtiendo en los íconos de este deporte y van ayudando a que se afiance y más gente quiera invertir” dice Andrés.

Andrés Gómez es un empresario de ropa deportiva, tiene su propia marca llamada Invictus Combat y lleva más de 6 años organizando eventos de artes marciales mixtas. “En abril hice un evento, solo me llegaron cuatro luchadores. Entendí que debía tomarme un tiempo y tener más espacio para generar más convocatoria. Este ha sido todo un éxito. Me escribió gente hasta de Venezuela para decirme que querían participar, les expliqué que era un evento pequeño, de fogueo, pero me dijeron que no importaba, que acá llegaban como fuera”, me dice.

Va a iniciar el primer combate. Los luchadores, como son amateur, se ponen su casco y canilleras. Un enfermero les pone vaselina en la cara, seguramente para que los golpes no duelan tanto. Hay adrenalina en el ambiente, todos quieren gritar… ¡Pelea! grita el juez, y empieza el primer combate. Es realmente una descarga de adrenalina, fuerza, sudor, y energía. Cerca de minuto y medio dura la lluvia de golpes, hasta que uno de los dos luchadores cae en la lona y recibe un trompadón que casi lo deja inconsciente. El juez detiene la pelea. Ha terminado por “knockout”. El ganador levanta los brazos, recibe la ovación del público, el perdedor, que apenas si puede caminar, mira con ojos desorbitados a su entrenador y le dice “que pena profe, discúlpeme” a lo que el profesor responde con una sonrisa y un abrazo. El saldo: un ganador sudoroso, que se lleva de premio una camiseta, proteínas y la posibilidad de luchar en siguiente ronda; y un perdedor al que todo le da vueltas, le sangra la nariz, y tiene la ceja izquierda del tamaño del color de una uva. Ambos salen del ring ovacionados por el público.

“Esto no es como el fútbol en el que los hinchas se pelean porque el otro equipo le ganó al mío. Aquí se le rinde el mismo respeto tanto al que gana como al que pierde” dice Andrés. Así avanza la noche. Cerca de cuatro horas de tremendos combates que duran algo más de cinco minutos. ¿Por qué lo hacen? “Algunos lo hacen para mirar hasta donde pueden llegar. Otros lo tienen más claro, saben para donde van. Muchos son pupilos de luchadores profesionales. Los que están acá llevan de tres a seis meses de entrenamiento” responde Andrés.

Mientras siguen los combates los luchadores que van perdiendo van enfriando su cuerpo, se relajan, las heridas empiezan a doler, se ponen el pantalón que a eso de las cinco de la tarde habían dejado abandonado en algún rincón del gimnasio y, muchos, van abandonando el lugar. Toman de la mano a su novia, o se van solos los que llegaron de la misma manera, prenden su moto o salen a buscar un bus, algunos se quedan y siguen disfrutando del pequeño gimnasio, del olor a sudor, del bullicio y de el éxtasis que produce cada combate, mientras tanto las artes marciales mixtas, en Colombia, siguen su dura lucha por convertirse en un deporte.

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