¿Por qué viven tan estresados los bogotanos?

Según datos de la Policía de 1000 bogotanos, siete se han visto involucrados en riñas. El estrés se ha convertido en parte de la personalidad de quienes residen en esta ciudad.

Por ÁNGELA PÉREZ-PUBLIMETRO
Cifra
50%

Aproximadamente de los casos que se reportan a la línea 123 son eventos de intolerancia y riñas.

Somos seres de costumbres, de rutinas y si a diario vemos casos de intolerancia y violencia terminamos siendo iguales”, Natalia García, psicóloga de la Universidad del Rosario.

Un millón de llamadas a la línea de emergencias 123 fue reportada durante 2014. De ellas, casi la mitad reportaron riñas y casos de intolerancia y en su gran mayoría derivaron en actos de violencia, heridos y incluso muertos.

Es curioso pensar que las personas realmente se puedan matar por el volumen alto del equipo de sonido, o por una discusión en una fiesta. Cada vez más comunes los casos de este tipo que se dan tanto en Bogotá como en todo el país.

Casos como el de Nicolás Gaviria son casi el pan de cada día de los bogotanos, tanto así, que nos hemos acostumbrado a este tipo de actos y pasamos junto a ellos sin prestar atención. “Los seres humanos, lastimosamente, somos seres de costumbres, de rutinas y si a diario vemos casos de intolerancia y violencia terminamos no solo acostumbrándonos sino que, en ocasiones, hasta imitamos el comportamiento específico”, aseguró Natalia García, psicóloga de la Universidad del Rosario.

Los factores que influyen

¿Por qué los bogotanos vivimos bravos? Esta es una pregunta que cuenta con varias respuestas pero ninguna comprobada científicamente. “Son muchos los factores que pueden influir en este tipo de casos. Los problemas de movilidad, el estrés laboral y una ciudad llena de ruido y caos nos hace más sensibles a los efectos neurológicos que nos hace copiar ciertas actitudes”, afirmó García.

Tristemente, este es un hecho que se está cultivando desde las instituciones educativas. “Hemos visto con sorpresa videos en las redes sociales con niñas de 12 años que se están golpeando en las calles, porque tiene uniforme que no les gusta, por hombres o en el peor de los casos por consumo de drogas”, dijo García y añadió que “este tipo de actos son copiados por los otros jóvenes y así, se convierte en una avalancha de nieve de intolerancia”.

Por su parte, Marcela Pérez, psicóloga de la Universidad Javeriana asegura que el núcleo familiar se ha deteriorado. “En el escenario escolar se ha perdido la articulación entre familia y espacios educativos, por las brechas de desigualdad, se dan otros niveles de relación entre los jóvenes y eso hace que no tengan una red familiar solida ni una red educativa que logre suplir todo eso”. 

Adicional al impacto de los medios y canales de comunicación, los acontecimientos que se viven a diario impactan sobre el comportamiento. Todo el mundo habla del civismo, de la cultura ciudadana, pero no existe una sola persona que realmente cumpla con este tipo de comportamientos a consciencia. Por ejemplo, la gente dice ceda la silla azul, pero si va cansada y no se quiere parar, puede decirlo pero no lo va a hacer, entonces el discurso es inválido”, denunció García.

Los que no son bogotanos

La llegada de un grupo poblacional proveninete de otras ciudades también puede ser un factor determinante a la hora de hablar de tolerancia y pérdida de la misma en la ciudad. Según Pérez, “la ciudad ha tenido un crecimiento poblacional desde los últimos años muy significativo eso genera una distribución de población que viene de diferentes lugares y se concentran en barrios que no tienen núcleos de trabajo y tienen como opción la delincuencia, también vienen de diferentes culturas es muy difícil la convivencia y no tienen los mismos criterios de relación y por eso se presentan riñas“.

Además, la ciudad no es un escenario que realmente contribuya a mejorar la tolerancia. “Los robos constantes, los terribles trancones, las congestiones y buses de TransMilenio hacen realmente imposible ser un verdadero ser de paz, cargamos con ese estrés a la casa, al colegio y somos eso, hormiguitas estresadas en el día a día”, aseguró García

Lo que requerimos, en palabras de García, es eliminar el discurso, empezar a actuar y dejar de hablar. Se trata de ir más allá de las palabras y hacer el cambio verdadero, desde nuestros hogares y comportamientos.

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