Eduardo Galeano, el "mendigo del buen fútbol" que nos dejó hoy

Por Juan Manuel Reyes / Publisport

Eduardo Galeano, quien murió este lunes a los 74 años en Montevideo, tenía una fortísima vinculación con el fútbol, tan o más memorable que su admiración por la izquierda. Quiso ser futbolista: “era el mejor jugador del Uruguay pero solo de noche, cuando dormía. Durante el día era el peor pata de palo que se hubiera visto en los campitos del país”, y se dedicó a escribir.

En obras como El Fútbol a Sol y Sombra (1995) y Su Majestad el Fútbol (1968) exploró la historia del deporte, y la afición que este genera para millones de personas en el mundo. También escribió extensamente sobre la relación del fútbol con la política, y en múltiples artículos de .

También aprovechó para criticar la comercialización excesiva del deporte. “A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”, escribió: un delito para él, que se autodefinía como “un mendigo del buen fútbol” que iba por los estadios pidiendo “una linda jugadita, por amor a Dios”.

Guardaba mucha admiración por jugadores de gran capacidad técnica como Lionel Messi (de quien dijo que su destacado nivel se debe a que juega “con la alegría de un pibe de barrio, como si fuera un chiquilín, un botija en los campitos o en los potreros”) y Carlos Valderrama. Su narración del gol que Freddy Rincón le anotó a Alemania en el Mundial de 1990 es poéticamente conmovedora:

La pelota llegó al centro de la cancha. Ella iba en busca de una corona de electrizada pelambre: Valderrama recibió la pelota de espaldas, giró, se desprendió de tres alemanes que le sobraban y la pasó a Rincón, y Rincón a Valderrama, Valderrama a Rincón, tuya y mía, mía y tuya, tocando y tocando, hasta que Rincón pegó unas zancadas de jirafa y se quedó solo ante Illigner, el guardameta alemán. Entonces Rincón no pateó la pelota, la acarició. Y ella se deslizó, suavecita, por entre las piernas del arquero, y fue gol.

Así veía el fútbol Galeano, un deporte que para él no se trata de pegarle a un balón hacia las nubes. Para él, la pelota “no soporta que la traten a patadas, ni que le peguen con venganza. Exige que la acaricien, que la besen, que la duerman en el pecho o en el pie”, y como tal aplaudió a los jugadores que eso hacían sin que le importara la camiseta o la nacionalidad del artífice del milagro.

Y también protestó por las injusticias que se tenían con ídolos caídos en desgracia, como Diego Armando Maradona después del Mundial de 1994. “Se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses”, dijo. También escribió cómo lo agobiaba el peso del ídolo: “Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacÌa crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolÌan las piernas, no podÌa dormir sin pastillas”.

Una de sus expresiones más memorables se refiere a la labor del hincha, de aquel que según Galeano “no dice ‘hoy juega mi club’, siempre dice ‘hoy jugamos nosotros’”. La labor de los hinchas, para el uruguayo, era la de servir de acompañamiento, banda sonora e impulso para los jugadores: “Jugar… ¿jugar sin hinchada? es como bailar sin música”.

El fútbol y las letras pierden a una de las plumas que logró unificar de forma más brillante estos dos campos, usualmente disímiles. Ya no se verá más el letrero de “cerrado por fútbol” que Galeano colgaba en la puerta de su casa mientras se disputaba la Copa del Mundo.

Hasta siempre, Eduardo.

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