Dice el hincha: ¡Ya viene la séptima de Santa Fe, dichosos los que sin ver creyeron!

Por: Hernán Restrepo, @HRestrepo

Por Publimetro Colombia

Nací en el convulsionado año de 1983 y soy hincha de Santa Fe. Eso significa que nunca en mi vida he visto salir a mi equipo campeón. Y lo admito, muchas veces me he preguntado ¿entonces por qué carajos soy hincha del albirojo? 

Recuerdo bien el día en el que decidí convertirme a esta religión del sufrimiento y la espera que es el ser escarlata. Fue un domingo de 1992 y mi papá decidió llevarme por primera vez al Campín. Yo cursaba tercero de primaria y no sabía casi nada de fútbol. Pero Santa Fe goleó esa soleada tarde 5 – 0 al Cúcuta y yo salí del estadio convencido de que tras esa aplastante victoria, ese equipo rojo y blanco tenía que ser el mejor del mundo. Qué equivocado estaba.  

No vaticiné las toneladas de desilusiones que debería tragar de ahí en adelante por el siempre irregular comportamiento de mi amado expreso rojo. En el colegio me la montaban porque ser hincha de Santa Fe no era tan ‘play’ como ser de Millonarios, de Nacional o de América.  

–¿Sabe   por qué a Santa Fe le dicen el equipo bachillerato?… porque siempre empieza de primero y termina de once–, era el chiste con el que más frecuentemente se burlaban de mí.  

Me autoconsolaba con esa frase que los santafereños repetimos como un mantra –Somos los primeros campeones del fútbol profesional colombiano–, y eso nadie nos lo va a quitar.  

Siempre pensé que mi papá era hincha de Santa Fe, hasta que fui con él a un partido en el que perdimos contra el Pereira. Ahí me di cuenta de que en el fondo de su corazón, no era así. Lo celebró como un niño. Otra desilusión.  

Realmente un devoto 

A pesar de las penurias, mi devoción por el equipo llegó a ser tal, que decoré uno de los baños de mi casa, que contaba con la virtud de tener un inodoro de color rojo, únicamente con souvenirs de Santa Fe.  

Le pegué stickers con figuras de leones y el escudo de Santa Fe en el vidrio divisorio de la ducha, tenía colgada una toalla playera gigante de Santa Fe que conseguí en Maicao, llaveros, pocillos, vasos, gorros, tapetes. Estéticamente hablando, era un baño bastante escandaloso.  

La peor desilusión de todas fue cuando perdimos la final contra Atlético Nacional en el Apertura de 2005. Para ese entonces, yo trabajaba en una empresa integrada en su mayoría por paisas radicados en Bogotá. Fue horrible llegar a trabajar el lunes después de la derrota. Incluso pensé en hacerme el enfermo, como en los días del colegio, para evitar las mofas que se prolongaron por toda una semana. Confieso que lloré esa vez encerrado en mi baño decorado con souvenirs de Santa Fe, secándome las lágrimas con la enorme y decolorada toalla playera.  

Pero este año las cosas son distintas. El equipo juega bien, es ordenado. Tenemos un arquerazo seguro y talentoso como Camilo Vargas. Omar Pérez es un crack en la cúspide de su carrera y es un tipo con un liderazgo indiscutible. Arriba tenemos arietes que saben hacer goles como Copete y Rodas. Y no dejemos atrás a los laterales Otálvaro y Roa saben hacer daño por las bandas.  

Sueño con la fiesta que vivirá Bogotá al salir a celebrar el final de los 37 años de sequía. Me imagino las calles todas forradas de papelitos rojos y blancos, y una avioneta que dibuje el escudo de Santa Fe en el cielo, como en las películas.  

Y especialmente, me pregunto por estos días de semifinales qué se sentirá el ver por fin a mi equipo campeón por primera vez en la vida. Creo que será un júbilo similar al que experimentaron los discípulos cuando Jesús les dijo, luego de darle gusto a la incredulidad de Santo Tomás, –Dichosos los que sin ver creyeron–.

@Hrestrepo

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