The Good Place y la cuarentena

Columna de opinión sobre la serie The Good Place, cuyas cuatro temporadas están disponibles en Netflix.

Por Mauricio Barrantes

Son tiempos difíciles y el miedo ha cobrado más víctimas que el virus. En el pasado, el miedo a morir ha sido la excusa, el medio y el fin para justificar incluso la misma muerte. Ahora, en un punto histórico en el que nadie tiene asegurado nada, la esperanza se cuela en formas tan inocentes como la risa de mamá al tener horas enteras para jugar con su nieta en una improvisada cama en el suelo o en el ingenioso humor que encuentro en redes sociales que le baja el tono a la preocupación global que nos condena de manera anticipada. Una mezcla de humor e ingenio sería ideal para esta cuarentena, un antídoto al pesimismo y una excusa para invertir bien el tiempo. Eso fue lo que encontré en The Good Place, la serie más divertida que he visto en los últimos meses en Netflix y que, entre otras cosas, nos regala temas para pensar en tiempos en los que hay tiempo.

¿Qué hay después de morir? ¿Cielo? ¿Infierno? ¿Un buen lugar? ¿Un mal lugar? Las religiones lo apuestan todo en vida para convencernos de algo que no pueden probar. Lo cierto es que en la búsqueda espiritual en la que me sumergí ante el vacío desolador que intermitentemente me provoca la existencia, he mezclado un poco de budismo, catolicismo,  espiritismo, jedaísmo y hedonismo. Si fuera un personaje en The Good Place ya me habría condenado al infierno (The bad place) porque así sea vegetariano hace ocho años y trate de cumplir los preceptos de no dañar a otros seres, lejos estoy de cuidar con rigurosidad cada acción (soy un confeso asesino de todo tipo de mosquitos). Entenderán a profundidad de qué les estoy hablando con los capítulos de un poco más de 20 minutos de The Good Place, en el que conocerán y adorarán (religiosamente) a Eleanor, Chidi, Jason y Tahani.

Desde que tengo memoria rezo antes de dormir a mis muertos y me echo la bendición como lo hacen los católicos. Sin embargo, mi credo diría que no creo ni en el cielo ni en el infierno, ni en la Biblia, ni en la santa iglesia católica, y que más bien creo que somos energía (como la física cuántica lo ha demostrado), así como creo en que el amor real es unidireccional y que la meditación es el camino más efectivo para liberarnos del sufrimiento. El resultado: no sé si sea por mi sincretismo religioso pero cada capítulo de The Good Place ha sido un deleite intelectual y emocional para pensar acerca de lo que verdaderamente somos. Con un guion muy bien cuidado, es una serie digna de las emociones más auténticas de nosotros los humanos, la risa y el llanto.

Aún no me decido acerca de si las series son una creación divina o profana, pero en cualquier caso en The Good Place podemos analizarlo de manera entretenida y con carcajadas minuto de por medio. La concepción lineal del tiempo, de lo que asumimos como pasado, presente y futuro; las ideas de la vida y la muerte, así como las demás creaciones mentales de nuestra especie, todo esto conforma aquello de lo que podemos dudar y reflexionar. Además, cuando estamos en una época en la que para muchos el miedo al sufrimiento y a la muerte ocupa más horas de las que se dedican a dormir, quizás sea momento de hacer de la cuarentena una opción más amena y retadora ante la inminente oportunidad (para algunos condena) de cambiar como sociedad.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo