Élite: una temporada hipermaquillada

Columna de opinión sobre la serie Élite de Netflix, que se estrenó en Latinoamérica el pasado 6 de septiembre.

Por Mauricio Barrantes

Para los gustos, los colores. Como un filtro de Instagram, la nueva temporada de Élite tuvo un primer capítulo como para no pasar al siguiente. 30 minutos fatales y 10 para las dudas. Aclaro que no suelo escribir sobre lo que no me gusta porque defiendo que los comentaristas de las imágenes en movimiento estamos para estimular a que otros se animen a ver o, al menos, a reflexionar sobre lo que se vio. Esta no es la excepción. Élite es una serie que le apuesta a sobrecargarlo todo: el drama, la música, las actuaciones, que al final son excesos que también tienen su encanto como con aquello que nos causa repulsión y adicción al mismo tiempo.

“Le pones un filtro a una foto de Instagram y una vaca sigue siendo una vaca”, dice Danna Paola en el primer capítulo (como si los guionistas predijeran sus propios defectos). Lo que pasa con la segunda temporada de Élite es que decidieron ponerle un filtro a un drama que ya estaba sobrecargado y eso es pecar en dulzor extremo, incluso para quien ama los excesos. Está de moda eso de darle más al público sin sentarse a pensar en si quiere más; en repetir estructuras ganadoras porque si ya funcionaron para qué desgastarse; y en cultivar la adoración a los ídolos: que luzcan bien, que tengan millones de seguidores y que generen deseo. Y si podemos posicionarlos como cantantes de cualquier género, bingo.

Luego del primer capítulo me enganché y lo disfruté, pero “en dos días nadie se va a acordar de este video” (otra visión del futuro por parte de los guionistas). Construir personajes con la fórmula obvia del deseo funciona para temas publicitarios, pero en el mercado del streaming es una visión a corto plazo. El modelo de negocio se agota cuando el proceso de creación se limita a la venta fácil de productos replicables y predecibles, que significan una alta audiencia hoy pero que no se piensan para que perduren en el tiempo. Élite funciona como ficción pasajera que emociona para el ahora pero que rápidamente tendrá reemplazo.

En el streaming, como en todo, solo los que le apuesten a contenidos de calidad sobrevivirán, de lo contrario estarán destinados a acompañar a Bluckbuster y Kodak. Con la competencia en furor, Netflix ha lanzado un apabullante número de nuevas producciones pensando en todos los gustos. ¿Cantidad es la respuesta? ¿En qué momento se agota una historia? ¿Seguimos midiendo la calidad por el número de likes?

Vamos, chicos, no quiero poner el dedo en una herida que aún no se ve, pero yo quiero Netflix para rato, como también me hubiese gustado querer Élite para rato. De nada sirve decir que esta bueno todo y ser complaciente con series que debieron pensarse un poco más. Sé que es un modelo de negocio que le apuesta a todo: a lo alternativo, a lo comercial, al exceso y a la escasez, pero en cada decisión la marca se pone en juego. Reflexionar sobre las segundas temporadas que se entregaron al exceso debería permitir contenidos mejores en el futuro. Mantengo la esperanza en ello con la nueva temporada de La Casa de las Flores y con lo que se viene: La Lavandería, Los dos papas y Monarca.

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