Levi, Améry, Wiesel, Kertész, Semprún... o cómo relatar lo inimaginable

Por Publimetro Colombia

Madrid, 30 ene (EFE).- La barbarie humana tiene en los campos de exterminio nazi uno de sus ejemplos más infames. Algunos de los rescatados hace 70 años de ese infierno, coincidiendo con el fin de la Segunda Guerra Mundial, dejaron testimonio escrito del profundo trauma que dejó un antes y un después de Auschwitz.

A partir de 1945 y de forma gradual, el Holocausto o la “Shoah”, como también se conoce, se convirtió en un asunto literario y filosófico de primer orden en la segunda mitad del siglo XX.

Muchos supervivientes quisieron testimoniar sobre el sufrimiento y la desesperanza de esa inhumanidad, mientras en el plano filosófico surgía el concepto del “deber de memoria” y en el jurídico el de “crimen contra la humanidad”.

Primo Levi, Jean Améry, Paul Celan y Tadeusz Borowski dejaron en sus escritos la dolorosa memoria de sus vivencias en Auschwitz, en los que trataron de exortizar el desgarro que tanto horror les produjo, pero no fue suficiente y terminaron suicidándose.

Levi (1999-1987) firmó la “Trilogía de Auschwitz”, formada por “Si esto es un hombre” (considerada una de las mejores obras del siglo XX), “La tregua” y “Los salvados y los hundidos”.

“Cada cual vivió el campo a su modo”, decía Levi, italiano de origen sefardí que quería “no vivir y contar, sino vivir para contar” las atrocidades de las que fue testigo y que le hicieron saber lo que verdaderamente significa “yacer en el fondo”.

Y la deshumanización, el aniquilamiento del cuerpo y del alma hasta que la persona queda reducida a la nada, que llevó a Levi a decir que habían sobrevivido los peores, en una selección negativa.

Para la memoria queda “Nuestro hogar es Auschwitz” y “Adiós a María”, obras de gran crudeza del polaco Tadeus Borowsky (1922-1951), que trabajó en la sección de experimentación médica.

“Quien ha sufrido la tortura ya no puede sentir el mundo como su hogar”, decía el intelectual austríaco Jean Améry (1912-1978), quien desarrolló esa perdida de confianza en la sociedad en “Más allá de la culpa y la expiación”, al tiempo que clamaba justicia.

De Paul Celan (1920-1970), considerado como el más grande lírico en alemán de la posguerra, es el estremecedor poema sobre el Holocausto, “Muerte en fuga”, que contradice la afirmación de Theodor Adorno de que tras Auschwitz no se podía escribir poesía.

Poesía, ensayo, teatro o novela; cualquier género vale para abordar la mayor experiencia traumática del siglo XX en Europa.

Pilar clave de esa literatura es “La noche”, del premio nobel de la Paz Elie Wiesel (1928), a la siguió “El alba” y “El día”.

“Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo (…) Nunca olvidaré aquel humo. Nunca olvidaré las caras pequeñas de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espiral de humo bajo un silencioso cielo azul. Nunca olvidaré estas llamas que consumieron para siempre mi fe”.

Y nunca olvidó, como tampoco lo hicieron el francés Robert Antelme en “La especie humana”, un relato de “horror peor que la muerte” y de reflexión sobre la vulnerabilidad del ser humano.

Ni el psicólogo austríaco Victor Frankl (1905-1997), quien mantuvo en “El hombre en busca de sentido” que incluso en la situación más extrema el hombre puede sobrevivir gracias a su dimensión espiritual.

El deber de memoria llevó al premio nobel de Literatura húngaro Imre Kertész (1929) a exponer en su trilogía “Sin destino”, “Fiasco” y “Kaddish por el hijo no nacido” su filosofía de que Auschwitz y la “Shoah” forman parte de la cultura europea.

Novelar sus vivencias, pero 20 años después, fue lo que hizo el español Jorge Semprún (1923-2011) en “El largo viaje”, un libro mítico en la lucha contra el olvido, y en “Viviré con su nombre, morirá con el mío” y “La escritura o la vida”.

Existen cientos de testimonios escritos, grabados en audio y vídeo, en fotos, en museos de gran rigor y el propio campo de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, pero la mayoría de los testigos del Holocausto ya han fallecido. Los que quedan tienen más de 70 años.

Mantener presente la memoria para las generaciones que no vivieron la II Guerra Mundial es vital, según Elie Wiesel, para “protegernos” del fascismo y del antisemitismo, aún presentes.

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