La Ciudad de México, el monstruo hermoso al que Octavio Paz siempre volvió

Por Publimetro Colombia

México, 29 mar (EFE).- Vivió varios años en países extranjeros, se enamoró de tierras lejanas como la India y del modo de escribir versos en Japón, se mantuvo lejos voluntariamente, pero siempre, tras cada huida o viaje, Octavio Paz volvió a la ciudad monstruosa y hermosa que lo vio nacer y morir.

“La veía como su ciudad, como este inmenso lugar de epifanías, donde sucedían cosas inesperadas. Cosas bellas o feas, todo para él era un momento para celebrar”, cuenta la poetisa Roxana Elvridge-Thomas.

Abrazando su antología poética autografiada por Paz, Elvridge-Thomas habla del amor de éste por una ciudad que tiene “una importancia fundamental” en su obra, pese a que la vida del nobel de literatura fue un constante viaje.

“Casa grande/ encallada en un tiempo/ azolvado. La plaza, los árboles enormes/ donde anidaba el sol, la iglesia enana / -su torre les llegaba a las rodillas”, cuentan unos versos de su poema “Pasado en claro” (1975).

Hablan de su primera casa, la que lo vio nacer el 31 de marzo de 1914, ubicada en el barrio de Mixcoac, en una plaza en la que hoy todavía reinan los árboles gigantes y hay resquicios del pueblo que un día fue, hasta que la gran ciudad se lo comió.

Pertenecía a su abuelo, Ireneo Paz, un escritor e historiador cuya biblioteca fue la que introdujo al niño Octavio a la literatura, el germen de lo que sería su gran pasión, la escritura.

Hoy en día sigue en pie, aunque como cuenta a Efe en una entrevista la maestra Elvridge-Thomas, “está muy transformada”, pues es un convento de monjas desde hace ya tres décadas.

Todavía se mantienen dos habitaciones casi intactas a la entrada de la casa, a la izquierda, lo que era el comedor, con esos grandes ventanales por los que se asomaba el niño Paz a mirar la plaza; a la derecha, la sala de estar que hoy es un recibidor de las monjas.

Y ahí sigue la pequeña iglesia de la que Paz dijo que “parecía más hecha para los pájaros que para los hombres”, que tantas evocaciones le provocó.

Elvridge-Thomas recuerda los viajes de Octavio Paz a Estados Unidos a los cuatro años, con su familia; a España, al congreso de escritores antifascistas, a los 23 años, o su periplo internacional como diplomático en países como Estados Unidos, Francia, la India o Japón.

Todos acabaron marcando su obra, pero México siempre fue su principal tema ya que, como dice su amiga, la escritora Elena Poniatowska, “siempre escribió de las cosas más cercanas a su corazón”.

“Aquí está su infancia, aquí están sus raíces, aquí está su formación primera, aquí está donde leyó sus primeras obras y aquí está donde regresó, siempre regresó, en cuanto terminó su periplo internacional, regresó”, añade Elvridge-Thomas.

Y por ello tiene poemas en los que regresa a la Ciudad de México, a lugares concretos como el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en donde estudió la preparatoria.

“A esta hora/ los muros rojos de San Ildefonso/ son negros y respiran:/ sol hecho tiempo,/ tiempo hecho piedra,/ piedra hecha cuerpo./ Estas calles fueron canales./ Al sol,/ las casas eran plata:/ ciudad de cal y canto,/ luna caída en el lago (“El nocturno de San Ildefonso”).

Frente al antiguo colegio que hoy es museo en donde se conservan intactos los murales de los grandes (Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, entre otros), descansan las ruinas de la que fuera capital del imperio mexica, Tenochtitlán.

Destruida por los españoles tras la conquista y cubierta por una nueva ciudad, hoy es muestra perfecta de las dos grandes constructoras de la identidad de México, un tema del que Paz siempre reflexionó en textos como su gran obra, “El Laberinto de la soledad” (1950).

“La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, ‘pocho"(mexicano nacido en EE.UU.), cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea”, apunta un fragmento del libro.

“Siempre regresaba porque amaba esta ciudad, amaba México y desde el principio en este ensayo fundamental, trata de explicar a México y al mexicano (…) Siempre trató de regresar a esto que le parecía algo monstruoso y hermoso al mismo tiempo”, cuenta Elvridge-Thomas.

Como comenta a Efe su también amigo y escritor Alberto Ruy Sánchez, él “amaba a México y los grandes enigmas de su búsqueda como creador e intelectual se alimentaban en México”.

El 19 de abril de 1998 Octavio Paz murió en el barrio de Santa Catarina (barrio capitalino de Coyoacán), en una casa que el Gobierno le prestó (hoy convertida en la Fonoteca Nacional), después de que su apartamento del Paseo de la Reforma se incendiara, quemándose gran parte de su biblioteca.

Ya nada queda que recuerde al poeta en ese edificio de Reforma ubicado frente al Ángel de la Independencia, en donde Octavio fue feliz con su esposa, Marie Jose Tramini, sus plantas, sus gatos y sus libros.

Tampoco hay nada de él en el lugar donde se reunía con otros intelectuales, el mítico Café París de la calle Filomeno Mata, que hoy es el restaurante Pagoda, pues el antiguo se quemó.

Ni de aquel “perímetro intelectual” del centro histórico en el que reinaban las librerías como la francesa y lugares de ocio como el Kiko’s, el Ambassadeurs, el Waikikí…

La Ciudad de México ha cambiado desde que Paz dejó de pisar sus calles, aunque su alma sigue intacta, ese espíritu ambiguo que el poeta de los ojos azul intenso dejó plasmado para la eternidad en sus poemas.

Por Paula Escalada Medrano

Madrid, 29 mar (EFE).- La poesía es memoria de los pueblos, además “de gran fabricante de fantasmas”, afirmaba el nobel mexicano Octavio Paz, quien abogaba en sus entrevistas por un pensamiento político liberal, al estilo de Cervantes, y en el que se aunasen lo mejor de las libertades individuales y del socialismo.

Octavio Paz, cuyo centenario de nacimiento se cumple el próximo lunes, evolucionó desde el izquierdismo de su juventud a posiciones liberales, como las que exponía en público en 1996, dos años antes de su muerte, al declarar que los intelectuales deberían elaborar una nueva ideología que fusionase lo mejor de los dos grandes sistemas políticos del siglo XX.

“Es facultad de la clase intelectual, sobre todo de los jóvenes, el tratar de elaborar un nuevo pensamiento político en el cual se puedan unir las dos grandes tendencias y pensamientos que surgieron el siglo pasado”, manifestaba el autor de obras como “El laberinto de la soledad” y “A la orilla del mundo”.

Paz consideraba que el “vacío histórico” generado en el mundo tras el derrumbe del socialismo totalitario provocó aún más injusticias.

“La solución del mercado libre, en primer lugar, no es una solución, sino que ha marcado profundamente la injusticia, porque es un mecanismo ciego”, opinaba el premio nobel de literatura de 1990.

Las derivas autoritarias del siglo XX fueron uno de los grandes caballos de batalla de este intelectual de fuertes conexiones con lo real, que viajó a España para apoyar la República, vivió años desordenados en Nueva York y San Francisco entre 1943 y 1945 y renunció a su estatus de embajador de México en la India en 1958 por la matanza de la plaza de las Tres Culturas.

En su discurso de aceptación del Premio Cervantes, en 1982, reflejaba su simpatía por la tradición liberal española, una postura que le granjeó críticas de la izquierda mexicana y latinoamericana, porque iba unida a su denuncia de los regímenes comunistas.

Paz habló de cómo el héroe de los “Episodios nacionales” de Galdós, Salvador Monsalud (liberal), y su oponente, Carlos Garrote, un carlista de la España de la religión y los fueros, podían representar una lucha, que es la sustancia de los pueblos iberoamericanos.

Reivindicaba la libertad para todos los hombres y decía que sin libertad la democracia es despotismo y que sin democracia la libertad es una quimera.

Para él, Cervantes era el escritor que encarnaba mejor los distintos sentidos de la palabra “liberal”, “ya que con él comienza la crítica de los absolutos”.

Todo ello a través de una lengua, “una realidad no menos decisiva que las ideas que profesamos o que el oficio que ejercemos. Decir lenguas -explicaba- es decir civilización, comunidad de valores, símbolos, usos, creencias, visiones, preguntas sobre el pasado, el presente y el porvenir…”.

Y en 1992 señalaba los problemas más graves de Latinoamérica con palabras que suenan actuales: “La pobreza, la educación y la autonomía cultural”.

Nacido en Ciudad de México en 1914, descendiente de emigrantes españoles -el apellido Paz es de origen gallego y por parte de madre sus antecedentes provenían de Andalucía-, visitó España en numerosas ocasiones.

El poeta relataba en una entrevista, al cumplir 80 años, que de niño leía en la biblioteca de su abuelo, el escritor y periodista liberal Irineo Paz, a Lope de Vega y a otros autores clásicos españoles del siglo XVII.

Por eso manifestaba al recibir el Nobel de Literatura en 1990: “Me siento descendiente de Lope y de Quevedo, como cualquier español…, pero no soy español”.

Ya en la universidad, leía a los poetas modernos: la generación del 27, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, Gerardo Diego, cuya poesía le “deslumbró y marcó”, así como a Rafael Alberti, Jorge Guillén y Luis Cernuda.

Y la poesía constituía para él el nexo de unión de lo personal y lo universal, como subrayaba en una de sus últimas entrevistas, en 1997, con motivo de la edición de toda su obra poética.

“La poesía es la memoria de los pueblos, pero también es aquella parte secreta del alma de cada uno de los pueblos, en la cual de alguna manera muy oscura y muy ambigua se refleja y se perfila el futuro”, decía.

Pero la poesía era también ” gran fabricante de fantasmas” en lo tocante a la memoria personal, añadía.

“La memoria actúa de un modo muy extraño, porque actúa dividiéndonos de un modo caótico, la memoria va creando al personaje. Cuando yo comencé a escribir, traté de escribir y resucitar esos instantes privilegiados de sentimiento de placer”, explicaba.

“Fui creando un personaje, al hombre, al adolescente, al hombre maduro, al hombre en las puertas de la vejez, al hombre ante la muerte, al que le han pasado todas esas cosas que yo cuento en mis poemas, no sólo yo, todos los poetas”, advertía.

Y recordaba que la mejor definición de lo que significa ser un buen poeta la dio Juan Ramón Jiménez cuando estableció que sus libros estaban dedicados “a la inmensa minoría”.

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