El tiempo más malo en la Media Maratón de Bogotá

Por Katherine Loaiza

En esta Media Maratón de Bogotá hice el tiempo más malo en toda la historia de mi vida corriendo. Ni siquiera la primera vez que corrí, que lo hice para que no dijeran que yo no podía correr 10 kilómetros, me había demorado tanto. Tengo que decir que la mitad de la responsabilidad de ese tiempo tan malo fue la culpa, y la otra mitad fue culpa de la misión que me fue encargada: correr con un gordito.

Nos demoramos 1 hora, 23 minutos y 35 segundos en llegar a la línea de meta. En una carrera normal yo, que no nací keniata, me hubiera demorado entre 45 y 55 minutos. Tengo que aceptar que le tenía menos fe al gordito, que por demás no es siquiera gordo, sino que apenas se le saltan unos centímetros por encima de la correa del pantalón. Pero para efectos de esta historia lo seguiremos llamando gordito.

La carrera empezó con el sentimiento de culpa de él, por obligarme a correr a su ritmo. Me insistió tanto que corriera al mío que finalmente lo abandoné y corrí a mi velocidad durante dos kilómetros. Un tipo de esos acelerados que no conciben que exista en el mundo gente menos gacela que ellos se enredó entre mis pies justo antes del kilómetro dos y terminó enterrándome el codo en el estómago y dejándome sin aire.

Ahí lo supe. Alguien podía estar tratando al gordito de mi misión así de mal como ese tipo me había tratado a mí.   Y yo lo había abandonado a su suerte. El sentimiento de culpa me hizo frenar en seco y me dispuse a esperarlo. Unos minutos después lo vi, corriendo en mitad de una ciclorruta, lejos de la gente que entierra codazos.

Pasamos los siguientes tres kilómetros corriendo a buen ritmo. Pensé que iba a pedirme que paráramos cada vez que se giraba a decirme algo, pero no: fue un tipo valiente y solo pidió un poco de aire llegando al kilómetro seis.

Tengo que aceptar que fui una exagerada. Al que al ver que en lugar de que estuviera rojo ­–como yo- estaba casi tan verde como la camiseta que teníamos puesta,   lo obligué a que le tomaran la presión en la Cruz Roja, donde nos demoramos siete minutos.   Le dijeron que siguiera tranquilo con su corazón de quinceañero, y así corrimos hasta el kilómetro 8 donde pidió de nuevo un respiro. Entonces la carrera se puso emocionante.

Me pidió que hiciéramos la de Usain Bolt en los últimos 100 metros. El perdedor, dijo, invita a comer al que gane. Acepté segura de que iba a ganarle. Faltaban menos de 500 metros cuando empezó la tensión por lo que se venía. Ya la cuestión no era de cuánto nos gastamos en toda la carrera, sino de quién era el más lento al final.

120 metros antes de la meta él mismo empezó el conteo. Cuando llegara a cero empezaríamos a correr con las piernas de un jamaiquino; cinco, cuatro, tres, dos, uno… hice lo que pude, juro que lo hice. Pero no: ahora, señores, tengo que invitar al gordito de 1,83 metros a comer.

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